1. Pija redomada hija de gerifalte facha enamorada de médico rojo.
2. Médico rojo enamorado perdidamente de pija redomada hija de facha.
3. Facha redomado con hija pija enamorada de médico rojo.
4. Guardia civil tonto redomado enamorado de pija enamorada de rojo.
5. Hermana de guardia civil tonto redomado con marido maltratador y facha.
6. Marido facha de hermana maltratada de guardia civil enamorado de pija.
7. Monja enfermera de espesa melena rubia enamorada de médico rojo.
8. Un lápiz, una oreja y un tricornio... qué es? Un bote inglés?
9. Presos: un showman, un cantante y un boxeador... Coño, falta un torero.
10. Tosar, hijodemivida, qué necesidad tienes tú de meterte en estos fregaos?
martes, 29 de mayo de 2012
lunes, 28 de mayo de 2012
Escondidos en Brujas, by Martin McDonagh
Me puse a ver esta película más que nada para volver a Brujas, una de mis ciudades favoritas del mundo mundial. Y sólo por eso volvería a verla una y mil veces porque los exteriores son una maravilla, un verdadero regalo para la vista.
Eso sí, ése es el único mérito de la peli. No recordaba un homenaje más terrible a una ciudad desde "Vicky-Cristina", aquella perversión sólo apta para degenerados que Woody Allen dedicó a Barcelona, para espanto de los fans tanto de la ciudad como del director.
La acción transcurre en una Brujas navideña en la que la gente permanece sentada tranquilamente en las terracitas por la noche tomando cervezas, sin el menor ápice de frío ni de vaho ni de nada que haga pensar que están a 5 grados bajo cero, que es la temperatura natural de la ciudad en esa época del año.
El leitmotiv puede que os suene un poco: dos asesinos a sueldo bastante tarados y sus surrealistas diálogos sobre la vida y la muerte. Este tipo de cine por supuesto tiene su público y sus fans pero casualmente yo no me encuentro entre ellos, tanto si el director se llama Quentin como si se llama Martin.
Únicamente destacaría la aparición, breve pero agradecida, de Ralph Fiennes en la parte final, en un papel de malo con cara de bueno que sólo él podría hacer así de bien. Fiennes y Brujas, Brujas y Fiennes, dos motivos lo suficientemente potentes como para ver esta película a pesar de lo vacuo de la historia y de la tediosa estulticia del guión.
Un aviso: antes de empezar a verla hay que hacer un ejercicio supremo de credulidad, y admitir que la gente puede seguir andando tranquilamente tras recibir diez o quince balazos en el vientre, o que se puede hablar sin problemas después de caer de una torre de 200 metros. Vamos, como si estuviéramos viendo un episodio de Correcaminos y El Coyote.
Eso sí, ése es el único mérito de la peli. No recordaba un homenaje más terrible a una ciudad desde "Vicky-Cristina", aquella perversión sólo apta para degenerados que Woody Allen dedicó a Barcelona, para espanto de los fans tanto de la ciudad como del director.
La acción transcurre en una Brujas navideña en la que la gente permanece sentada tranquilamente en las terracitas por la noche tomando cervezas, sin el menor ápice de frío ni de vaho ni de nada que haga pensar que están a 5 grados bajo cero, que es la temperatura natural de la ciudad en esa época del año.
El leitmotiv puede que os suene un poco: dos asesinos a sueldo bastante tarados y sus surrealistas diálogos sobre la vida y la muerte. Este tipo de cine por supuesto tiene su público y sus fans pero casualmente yo no me encuentro entre ellos, tanto si el director se llama Quentin como si se llama Martin.
Únicamente destacaría la aparición, breve pero agradecida, de Ralph Fiennes en la parte final, en un papel de malo con cara de bueno que sólo él podría hacer así de bien. Fiennes y Brujas, Brujas y Fiennes, dos motivos lo suficientemente potentes como para ver esta película a pesar de lo vacuo de la historia y de la tediosa estulticia del guión.
Un aviso: antes de empezar a verla hay que hacer un ejercicio supremo de credulidad, y admitir que la gente puede seguir andando tranquilamente tras recibir diez o quince balazos en el vientre, o que se puede hablar sin problemas después de caer de una torre de 200 metros. Vamos, como si estuviéramos viendo un episodio de Correcaminos y El Coyote.
jueves, 24 de mayo de 2012
Four Lions (4 Lions), by , Christopher Morris
Se puede hacer en cine una parodia de la yihad? Yo creo que se puede y que se debe. Sabemos que del nazismo sí se puede, ya lo hizo Chaplin, por ejemplo en "El gran dictador"; también sobre el cristianismo, ahí está "La vida de Brian". Pero esto del islamismo radical... uffff! Es complicado.
Desde luego hay que tener valor, teniendo en cuenta que estos tipos se mosquean nada más que por un dibujito de mierda; no digamos ya por un largometraje. Sólo por eso la película merece un 10 como 10 soles.
Puede que no tenga la calidad de un Chaplin o de unos Monty Python (el tiempo lo dirá), pero hay que tener en cuenta que éstos no se enfrentaban a grupos de fanáticos organizados dispuestos a matarlos por cachondearse de sus creencias.
Así pues, mi 10 va por:
1. El valor que le han echado los productores, el director, los guionistas y todo el reparto.
2. El valor que le han echado los distribuidores y los dueños de los cines donde se ha proyectado.
3. Nigel Lindsay, el fundamentalista más pirado de la historia. Genial.
4. El terrorista que se inmoló y se llevó palante una oveja.
5. El yihadista que se disfrazaba de pollo para protegerse la barba.
6. El muyaidín que compró miles de botellas de agua oxigenada cambiando de voz en la droguería para despistar.
7. Las tomas falsas de las grabaciones suicidas. Ate-rroriza como puedes.
8. La maratón. Indescriptible; hay que verla.
9. El yihadista rapero.
10. Por saber reirse de lo más peor y saber hacernos reir a los demás. Chapeau.
Desde luego hay que tener valor, teniendo en cuenta que estos tipos se mosquean nada más que por un dibujito de mierda; no digamos ya por un largometraje. Sólo por eso la película merece un 10 como 10 soles.
Puede que no tenga la calidad de un Chaplin o de unos Monty Python (el tiempo lo dirá), pero hay que tener en cuenta que éstos no se enfrentaban a grupos de fanáticos organizados dispuestos a matarlos por cachondearse de sus creencias.
Así pues, mi 10 va por:
1. El valor que le han echado los productores, el director, los guionistas y todo el reparto.
2. El valor que le han echado los distribuidores y los dueños de los cines donde se ha proyectado.
3. Nigel Lindsay, el fundamentalista más pirado de la historia. Genial.
4. El terrorista que se inmoló y se llevó palante una oveja.
5. El yihadista que se disfrazaba de pollo para protegerse la barba.
6. El muyaidín que compró miles de botellas de agua oxigenada cambiando de voz en la droguería para despistar.
7. Las tomas falsas de las grabaciones suicidas. Ate-rroriza como puedes.
8. La maratón. Indescriptible; hay que verla.
9. El yihadista rapero.
10. Por saber reirse de lo más peor y saber hacernos reir a los demás. Chapeau.
miércoles, 23 de mayo de 2012
House, M.D. (TV), by David Shore
Llevaba mucho tiempo pensando que tenía que hacer una crítica de House pero nunca terminaba de decidirme. Anoche vi el último capítulo, en versión subtitulada, y por fin tuve claro que había llegado el momento.
House empezó bien, enganchando a muchísima gente con las aventuras y desventuras de ese médico borde, listillo y yonki que usa su enigmático vocabulario profesional con la misma soltura con la que suelta sus desplantes y exabruptos, sin despeinarse un solo pelo.
No le faltaba de nada, aunque para qué nos vamos a engañar, las tramas eran pelín repetitivas: caso misterioso, sintomatología variopinta, puede ser lupus, el paciente convulsiona, ay que fibrila, qué hacemos, al quirófano, abrimos, cerramos, tensión sexual con la que toque esta temporada... en fin, siempre la misma pauta, pero oye, que enganchaba.
Eso hasta que empezaron a aparecer las "cosas raras". Seres venidos del otro mundo que charlaban con House, visiones tremebundas, capítulos enteros de House delirando, explosiones, delirium tremens kafkianos... en fin, hasta que dejó de parecer House para convertirse en algo parecido a un Poltergate. Y la cosa perdió poco a poco su gracia.
Ya ni el lupus ni el vocabulario médico esotérico ni las convulsiones cada vez más frenéticas de los pacientes conseguían atrapar la atención. Que si aparecía el fantasma de Amber y discutían sobre Wilson, que si House en pleno síndrome de abstinencia ascendía a los cielos a la derecha de dios padre... Uffff, un desbarre total. A los guionistas se les fue la pinza y el personal empezó a aburrirse de tanta mononucleosis y tanta estreptococomía de plasma cromatográfico entre visitas espectrales.
El capítulo final (que por supuesto no pienso contar; os aguantáis y os lo tragáis como he hecho yo) es más de lo mismo de todo esto último: aparecidos, visiones, diálogos cada vez más farragosos y surrealistas, afortunadamente sin convulsiones (una novedad) ni lupus (otra novedad)... y un desenlace que... bueno, tal vez hubiera molado si las ultimas 4 temporadas no hubiesen existido. Ya, a estas alturas, los guionistas no daban para más, estaban secos total, y se han limitado a hacer un popurrí de excentricidades del famoso doctor y sus secuaces y a coronarlo todo con una guinda muy alejada de la excelencia de aquellos primeros episodios.
Sé que los incondicionales no me perdonarán esta crítica pero es lo que hay. Ocho temporadas son muchas temporadas para mantener la brillantez de las 4 primeras. Es lo malo de alargar las cosas hasta el infinito y más allá, que tarde o temprano terminas cagándola.
Adiós House, Resquiescat in pacem.
House empezó bien, enganchando a muchísima gente con las aventuras y desventuras de ese médico borde, listillo y yonki que usa su enigmático vocabulario profesional con la misma soltura con la que suelta sus desplantes y exabruptos, sin despeinarse un solo pelo.
No le faltaba de nada, aunque para qué nos vamos a engañar, las tramas eran pelín repetitivas: caso misterioso, sintomatología variopinta, puede ser lupus, el paciente convulsiona, ay que fibrila, qué hacemos, al quirófano, abrimos, cerramos, tensión sexual con la que toque esta temporada... en fin, siempre la misma pauta, pero oye, que enganchaba.
Eso hasta que empezaron a aparecer las "cosas raras". Seres venidos del otro mundo que charlaban con House, visiones tremebundas, capítulos enteros de House delirando, explosiones, delirium tremens kafkianos... en fin, hasta que dejó de parecer House para convertirse en algo parecido a un Poltergate. Y la cosa perdió poco a poco su gracia.
Ya ni el lupus ni el vocabulario médico esotérico ni las convulsiones cada vez más frenéticas de los pacientes conseguían atrapar la atención. Que si aparecía el fantasma de Amber y discutían sobre Wilson, que si House en pleno síndrome de abstinencia ascendía a los cielos a la derecha de dios padre... Uffff, un desbarre total. A los guionistas se les fue la pinza y el personal empezó a aburrirse de tanta mononucleosis y tanta estreptococomía de plasma cromatográfico entre visitas espectrales.
El capítulo final (que por supuesto no pienso contar; os aguantáis y os lo tragáis como he hecho yo) es más de lo mismo de todo esto último: aparecidos, visiones, diálogos cada vez más farragosos y surrealistas, afortunadamente sin convulsiones (una novedad) ni lupus (otra novedad)... y un desenlace que... bueno, tal vez hubiera molado si las ultimas 4 temporadas no hubiesen existido. Ya, a estas alturas, los guionistas no daban para más, estaban secos total, y se han limitado a hacer un popurrí de excentricidades del famoso doctor y sus secuaces y a coronarlo todo con una guinda muy alejada de la excelencia de aquellos primeros episodios.
Sé que los incondicionales no me perdonarán esta crítica pero es lo que hay. Ocho temporadas son muchas temporadas para mantener la brillantez de las 4 primeras. Es lo malo de alargar las cosas hasta el infinito y más allá, que tarde o temprano terminas cagándola.
Adiós House, Resquiescat in pacem.
lunes, 21 de mayo de 2012
No habrá paz para los malvados, by Enrique Urbizu
Tropecientosmil Goyas; tenía que habérmelo olido, pero mis planchazos con los Goyas ya son todo un clásico y estaba cantado que tenía que volver a caer en mi piedra favorita.
Lo más alabado de esta película es la secuencia del principio y la final. De la última naturalmente no voy a hablar, pero sí puedo explayarme sobre la primera, y vaya si lo voy a hacer.
Este señor, que es un policía borrachuzo, pendenciero, noctámbulo y bastante guarrete, entra una noche a un bar a tomarse el enésimo cubata y, sin venir a cuento de nada, termina pegándole unos cuantos tiros al dueño, a la camarera y a otro que pasaba por allí. Y por qué hace esto? Ah, pues vete tú a saber, pregúntaselo a Urbizu, si es que él lo sabe.
Empezamos sin saber por qué se desencadena la historia puesto que el planteamiento inicial, como vemos, no tiene lógica ni sentido ni nada. Y ya a partir de ahí el señor éste se obsesiona por cargarse al único testigo que lo vio todo y se le escapó en la matanza. Y qué hace? Pues ir por ahí asaltando casas, preguntando a todo quisque y dejando toda clase de rastros de su búsqueda.
Para más delito, el tipo, lejos de adquirir para esta labor de discreta vigilancia una apariencia lo menos llamativa posible se dedica a hacer todas estas cosas con unas pintas inconfundibles de macarra dejado de la mano de dios, con unos pelos largos y grasientos como churros y enseñando la placa de madero hasta para entrar al water. Pasando desapercibido, vamos.
A todo esto el tipo no aparece por su curro ni de casualidad, y cuando le da por aparecer le suelta dos frescas al jefe, lo manda a tomar por culo y se las vuelve a pirar por to el morro. Pues sí que funciona bien y tiene disciplina la policía española! Que dios nos coja confesados.
En fin, un despropósito detrás de otro, y un personaje principal que en el intento de aparecer como siniestro y oscuro lo que consigue es dar un asquito de muerte y hacer vomitar hasta a las gallinas. Y yo me pregunto: para dar mucho miedo hace falta ser un guarro?
Eso sí, Coronado hace muy bien de tipo duro. No cambia el gesto en toda la película pero eso no le quita ni un ápice de mérito, puesto que tirarse dos horas sin mover un solo músculo de la cara también tiene su intríngulis. Yo no puedo, enseguida me da la risa. Un Goya muy merecido, sí señor.
Conversaciones con mi jardinero, by Jean Becker
La idea es buena. Un pintor de renombre, cansado del mundanal ruído y del tonterismo ambiental del mundo del arte y la crítica, se refugia en su pueblecito natal, en una casita encantadora de la campiña francesa, y descubre los placeres de la vida rural a través de sus charlas intrascendentes con un lugareño sencillo, simpático y locuaz.
La cosa podría molar si no fuera porque:
1. El jardinero sencillo y locuaz es un gañancillo superpiñazo que todos los días le larga unos rollos de espanto al pintor sobre su señora, sus hijas, sus yernos, la panadera, el electricista, el otro y el de la moto. Podría funcionar si el individuo en cuestión fuera un tipo interesante, un filósofo popular, un gurú de la sabiduría rural. Una especie de “Chanquete” a la francesa. Pero tratándose de este personaje tan interesante como una ameba lo que más llama la atención es que el pintor no lo mande al carajo y se busque un jardinero mudo.
2. La evolución artística del pintor, supuestamente motivada por esta peculiar relación con su jardinero, es chusca a más no poder. Básicamente consiste en un abandono radical de la pintura abstracta para abrazar entusiasmado la figurativa. El tipo necesita irse al campo y entablar unas cuantas charletas con un tío de pueblo para darse cuenta de que pintar las cosas como son en lugar de hacer manchurrones en un lienzo es más guay porque la gente sencilla y poco culta lo entiende mucho mejor. Vamos, una revelación que tienen los niños de cinco años a este señor le cuesta toda una vida.
Lo mejor: el paisaje de la campiña francesa y la casita. Una pasada.
Lo peor: Daniel Auteuil en un papel que no se cree ni él.
domingo, 20 de mayo de 2012
Hacia rutas salvajes (Into the Wild), by Sean Penn
Basada en un hecho real. No me extraña, me lo creo sin problemas; el mundo está lleno de gilipollas integrales como el protagonista de esta película que, para mi espanto, pasmo e indignación, tiene unas críticas espectaculares y unas puntuaciones realmente escandalosas.
Tenemos a un niñato de familia bien, recién terminada la universidad, y que tiene él superclaro que está por encima del bien y del mal, de esta asquerosa sociedad de consumo, de la moral burguesa de sus padres, de los sentimientos de la gente que lo quiere o lo aprecia...
Él es un espíritu libre y lo piensa demostrar, mochila a cuestas, recorriendo los parajes más salvajes de la América profunda, con la inestimable ayuda de su instinto pijoteril (que ya sabemos que es lo más útil para enfrentarse a los peligros de una naturaleza indómita) y un libro de plantas comestibles. Su objetivo es Alaska. Pa Alaska voy, de Alaska vengo, y por el camino yo me entretengo.
Es muy divertido ver a este singular e intrépido trotamundos enfrentarse a torrentes, animales salvajes, plantas venenosas, crecidas de ríos, tormentas y desiertos áridos con su mochilita y su libro, y claro, contándonos mediante una oportuna voz en off sus interesantísimas apreciaciones filosóficas de veinteañero chupiguay y molongo. Pero no creáis, que la suya no es la única voz en offf; también tenemos a la hermana del nene, que nos va contando con toniquete llorón por su parte su particular vivencia por la ausencia del niño perdido.
Y luego la de amigos que hace este encantador muchacho durante su andadura, y la de gente interesante que conoce! Y a todos les seduce con su espíritu libre, y todos se lo quieren quedar y todos se lo piden para adoptarlo, follárselo o dejarle su herencia... pero él no, él no quiere ataduras ni dinero ni amor; él sólo quiere su libertad.
Y claro, la libertad es como la fama; cuesta. Y ahí tenemos a Emile Hirsch, que interpreta a nuestro joven y audaz héroe, abriendo y cerrando agujeros del cinturón según va oscilando su peso. Al final de la película a que no adivinas cuántos agujeros tiene.
Tenemos a un niñato de familia bien, recién terminada la universidad, y que tiene él superclaro que está por encima del bien y del mal, de esta asquerosa sociedad de consumo, de la moral burguesa de sus padres, de los sentimientos de la gente que lo quiere o lo aprecia...
Él es un espíritu libre y lo piensa demostrar, mochila a cuestas, recorriendo los parajes más salvajes de la América profunda, con la inestimable ayuda de su instinto pijoteril (que ya sabemos que es lo más útil para enfrentarse a los peligros de una naturaleza indómita) y un libro de plantas comestibles. Su objetivo es Alaska. Pa Alaska voy, de Alaska vengo, y por el camino yo me entretengo.
Es muy divertido ver a este singular e intrépido trotamundos enfrentarse a torrentes, animales salvajes, plantas venenosas, crecidas de ríos, tormentas y desiertos áridos con su mochilita y su libro, y claro, contándonos mediante una oportuna voz en off sus interesantísimas apreciaciones filosóficas de veinteañero chupiguay y molongo. Pero no creáis, que la suya no es la única voz en offf; también tenemos a la hermana del nene, que nos va contando con toniquete llorón por su parte su particular vivencia por la ausencia del niño perdido.
Y luego la de amigos que hace este encantador muchacho durante su andadura, y la de gente interesante que conoce! Y a todos les seduce con su espíritu libre, y todos se lo quieren quedar y todos se lo piden para adoptarlo, follárselo o dejarle su herencia... pero él no, él no quiere ataduras ni dinero ni amor; él sólo quiere su libertad.
Y claro, la libertad es como la fama; cuesta. Y ahí tenemos a Emile Hirsch, que interpreta a nuestro joven y audaz héroe, abriendo y cerrando agujeros del cinturón según va oscilando su peso. Al final de la película a que no adivinas cuántos agujeros tiene.
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