Qué sorpresa tan agradable encontrar algo que se salga tanto de la norma como "Los años nuevos".
A pesar del evidente tufo entre malasañero y lavapiesino inevitable en toda serie española actual, que reconozco que me da tremendo repelús, la historia tiene algo que se eleva por encima de todo eso, y es la honestidad emocional de los protagonistas. Y esa honestidad brutal consigue que se olvide todo lo demás. Porque transmiten tanto las miradas, los silencios, las sonrisas, los gestos, que da igual que algunos diálogos y situaciones sean completamente inanes. No importa, porque la mayoría de las cosas que se dicen en esta serie no se dicen con palabras.
Por eso no gustará a la gente que necesita verbalizar constantemente las emociones pero encantará a quien se mueve más en lo intuitivo. Y yo, que soy muy fan del silencio, he disfrutado muchísimo de esas escenas en las que no se dice nada pero ni falta que hace porque se ve todo.
Francesco Carril e Iria del Río, supongo que con la inestimable ayuda de Sorogoyen y Fabra, hacen que lo vivas, que te duelan las cosas que a ellos les duelen y que sientas perfectamente lo que ellos están sintiendo. Que son cosas que todos hemos sentido alguna vez, porque es imposible pasar por la vida sin sentirlas. Ilusión, decepción, miedo, esperanza, más decepción, más ilusión, frustración, claudicación, rendición, aceptación, y todo el tiempo aprendizaje. Vamos, lo que de toda la vida viene siendo la vida.
Si le pongo alguna pega son las escenas de sexo innecesariamente largas que a mi entender no aportan nada. Pero no soy capaz de quitarle puntos por eso porque para algo que me encuentro que me encandila me niego a ponerme tiquismiquis. Y además ese tipo de escenas en las que algunos directores se regodean tontamente son ideales para levantarse a recoger la mesa o ir al baño sin perderte nada importante.
En definitiva, casi diez horas de amor. Además de ese tipo de amor que se sale del guion habitual, que viene y que va pero nunca desaparece. El tiempo narrativo también es perfecto: diez nocheviejas, diez años nuevos. Poner al espectador al día en diez minutos y seguir con la trama, colando alguna que otra sorpresilla inesperada. A veces juntos, a veces separados, pero siempre con el otro presente de alguna manera. Son diez años en diez horas pero al menos en dos lloras.