Cavestany y Fernández Armero parten de una idea bastante original: llevar la vergüenza a sus límites. Hacer que el espectador la sienta en sus propias carnes, que se sonroje, que se tape la cara, que diga "tierra trágame", que se horrorice y no dé crédito. Todo esto pasa en cada episodio de "Vergüenza" y en ese sentido cumple su objetivo.
Pero conforme avanzan las temporadas cada vez se pasa más vergüenza y menos risa. El cringe que da Javier Gutiérrez va in crescendo, el personaje se va superando a sí mismo y las situaciones ya no sorprenden, resultan repetitivas y previsibles. Sabes perfectamente qué va a hacer el tío justo antes de que lo haga.
Y para más delito estos dos caen mal, muy mal, cada vez peor. Mira que he visto series con personajes miserables y moralmente repugnantes: en "Aquí no hay quien viva", en "Muertos S.L.", en "Aida", en "The office", en fin, innumerables. Pero todos tienen algo que te hace quererlos, cogerles afición. Joder, hasta al facha Mauricio de "Aida" le cogí cariño en su día. Sin embargo a este par no hay manera, tal vez porque dan vergüenza, asco, pena y repelús a partes iguales, pero en ningún momento despiertan ni pizca de simpatía.
Tengo que decir que Gutiérrez y Alterio están impecables. Ellos son con mucho lo mejor. Hacen lo que pueden con el material que tienen entre manos. Sencillamente los personajes no dan más de sí. Y la vergüenza, que al principio daba mucha risa, termina dando jartura y pereza pura y dura.
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