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miércoles, 25 de noviembre de 2015

La costa de los mosquitos, by Peter Weir

Ésta es una de esas historias en las que se aborda la cuestión de los poco nítidos límites entre el genio y la locura. El personaje de Harrison Ford vendría a ser el paradigma perfecto de ese tipo de individuos que tienen ideas y madera de líder y una capacidad creativa envidiable pero a los que entre tanta inventiva se les va la pinza con relativa facilidad.

En este caso el buen señor decide que la vida en su país, los USA, se ha vuelto muy peligrosa, que no le gusta la sociedad de consumo extremo en la que se mueve y que quiere criar a sus hijos en un ambiente completamente diferente. Y embarca a toda su familia en un proyecto de vida que él considera bueno y perfecto, un proyecto ecológico al cien por cien, basado en el aprovechamiento de los recursos de la naturaleza, pero que pone en grave riesgo a él, a su señora y a toda su prole.

Además del personaje de Ford me parecen muy interesantes los de la esposa y el hijo mayor, interpretados respectivamente por Helen Mirren, magnífica como siempre, y por el desaparecido y añorado River Phoenix. La mujer tiene un comportamiento alucinante con respecto a las locuras del marido. Lo apoya casi incondicionalmente, incluso cuando ve que pone claramente en peligro las vidas de sus hijos, aunque poco a poco le va ganando la preocupación materna hasta que llega a un punto en el que le resulta muy difícil hacer la vista gorda ante las demenciales ideas de su aventurero esposo. El hijo también se debate emocionalmente entre la admiración por su padre y la rebeldía hacia una autoridad que va cuestionando también muy paulatinamente.

La película podría haber resultado muy interesante, y de hecho he leído por ahí que la novela es una pasada y que Peter Weir hace una adaptación bastante fiel; lo que pasa es que llega un momento en el que se hace muy cansina, las actitudes del protagonista son muy repetitivas y tienen poca capacidad de sorpresa, y conforme ese límite entre el genio y la locura se va decantando hacia la segunda el guión va perdiendo interés por momentos. Conseguí llegar al final a duras penas porque sinceramente hubo un momento en el que me daba exactamente igual lo que fuera de la familia protagonista, como si la palmaban todos. Y claro, esto en una historia de estas características es demoledor. Planchazo total.

martes, 24 de marzo de 2015

Cuenta conmigo (Stand by me), by Rob Reiner

Rob Reiner se basa en una novela de Stephen King, “The body”, y elabora en “Cuenta conmigo” una de esas pelis que provocan la nostalgia de muchos espectadores por su niñez. Es el típico film que levanta pasiones en la gente que siente añoranza por aquellos maravillosos años de la adolescencia, los amigos de verdad y todas esas chorradas. Yo he sentido poca nostalgia por varios motivos que paso a enumerar:

1. Ni a mí ni a ninguno de mis amigos de la infancia nos dio jamás por jugarnos el pellejo poniéndonos delante de trenes ni de coches ni de camiones ni de ningún otro medio de transporte para hacer la gracieta de saltar en el último momento.

2. Ni a mí ni a ninguno de mis amigos de la infancia nos dio jamás por fugarnos de casa y recorrer un montón de kilómetros para encontrar un cadáver y así hacernos famosos saliendo por la tele.

3. Ni a mí ni a ninguno de mis amigos de la infancia nos dio jamás por decir chorradas tales como: “tú no puedes hacer una formación profesional porque tú llegarás a ser un gran escritor y, quién sabe, alguna vez puede que escribas sobre tus amigos que hicimos la formación profesional”. Jamás tuve la desgracia de juntarme con niños tan repelentes.

4. Ni a mí ni a ninguno de mis amigos de la infancia nos dio jamás por cruzar como pisando huevos puentes por los que en cualquier momento puede pasar un tren y atropellarnos.

5. Ni a mí ni a ninguno de mis amigos de la infancia nos dio jamás por robar una pistola y apuntar con ella a una panda de macarras que muy probablemente al día siguiente ya se las arreglarían para darnos una paliza de muerte, que además nos tendríamos muy bien merecida, por gilipollas.

Ignoro hasta qué punto la película es fiel a la novela original del gran Stephen King pero entre las cosas que he leído del escritor jamás he encontrado nada tan ñoño, dulzón y estereotipado como esto. Por eso sospecho que “The body” tenía que tener mucho más de suspense y mucho menos de cutre canto a la amistad que “Cuenta conmigo”.

La escena final en la que el escritor que está recordando “aquellos maravillosos años” escribe que nunca en su vida encontró amigos como aquellos de los 12 años me parece patética a más no poder. Ese ridículo mito de que los mejores amigos son los de la infancia no se sostiene con el más mínimo análisis en la edad adulta. De niño tienes los amigos que te tocan, por cercanía, por vecindad, porque se sientan en el pupitre de al lado, etc., y ninguno de ellos tiene una personalidad formada. De mayor cada cual evoluciona de una manera y es muy posible que la mayoría de esos niños de adultos no tengan nada que ver ni en gustos ni en forma de entender la vida ni en nada. No hay más que ver todos esos frikis que se juntan ahora por el facebook y organizan reuniones de antiguos alumnos para descubrir quién se ha puesto más gordo o cuál está más calvo. Señores, los mejores amigos se hacen cuando se tiene criterio para discernir y esa amistad se basa en algo más profundo que el vivir en la casa de al lado.

Ah, y por mucho mito que se haya creado también en torno a la figura del difunto River Phoenix por aquello de su muerte precoz y demás circunstancias ajenas a su oficio, en esta película hace un trabajo horripilante. Las sesudas conversaciones con su amiguete escritor las suelta como si se las estuvieran dictando por un pinganillo. Es uno de los niños actores más repelentes con los que me he encontrado jamás. Hala, Kowalski, ahí tienes mi crítica; ya te dije que no me iba a gustar fijo, por mucho que “Stand by me” sea una de mis canciones  favoritas del mundo mundial. (Por cierto, con mucho, lo mejor de la película).

viernes, 4 de octubre de 2013

Mi Idaho privado, by Gus Van Sant

Lo malo de las películas de culto es que la inmensa mayoría son un puto coñazo. En resumen, ésta es la historia de dos chaperos de distinta procedencia, "Chapero rico, chapero pobre". El chapero rico (Keanu Reeves) es superpijo que te cagas. El chapero pobre (River Phoenix) es un tirado, y encima narcoléptico, esto es, que se duerme en todas partes. Os cuento la peli:

Los chaperos van a hacerle un apaño a una señora... y el narcoléptico se duerme.

Los chaperos están con otros chaperos en un bar... y el narcoléptico se duerme.

Los chaperos se van de viaje en una moto... y el narcoléptico se duerme.

Los chaperos se pelean con otros chaperos... y el narcoléptico se duerme.

Los chaperos visitan a un tío en una caravana... y el narcoléptico se duerme.

Los chaperos se juran amistad eterna... y el narcoléptico se duerme.

Los chaperos se pillan una cogorza... y el narcoléptico se duerme.

A todo esto hay un tío gordo y bastante asqueroso chillando todo el rato. Quién es. Por qué chilla. Cómo se puede ir tan guarro por la vida. Ah, ni idea. Pero es un personaje fundamental para lo que quiere Gus Van Sant, que es hacer una auténtica y genuina película de culto y ascender a los cielos de los directores de culto. Y ya está, prueba superada! Tenemos peli de culto... y narcolepsia asegurada.