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miércoles, 25 de noviembre de 2015

La costa de los mosquitos, by Peter Weir

Ésta es una de esas historias en las que se aborda la cuestión de los poco nítidos límites entre el genio y la locura. El personaje de Harrison Ford vendría a ser el paradigma perfecto de ese tipo de individuos que tienen ideas y madera de líder y una capacidad creativa envidiable pero a los que entre tanta inventiva se les va la pinza con relativa facilidad.

En este caso el buen señor decide que la vida en su país, los USA, se ha vuelto muy peligrosa, que no le gusta la sociedad de consumo extremo en la que se mueve y que quiere criar a sus hijos en un ambiente completamente diferente. Y embarca a toda su familia en un proyecto de vida que él considera bueno y perfecto, un proyecto ecológico al cien por cien, basado en el aprovechamiento de los recursos de la naturaleza, pero que pone en grave riesgo a él, a su señora y a toda su prole.

Además del personaje de Ford me parecen muy interesantes los de la esposa y el hijo mayor, interpretados respectivamente por Helen Mirren, magnífica como siempre, y por el desaparecido y añorado River Phoenix. La mujer tiene un comportamiento alucinante con respecto a las locuras del marido. Lo apoya casi incondicionalmente, incluso cuando ve que pone claramente en peligro las vidas de sus hijos, aunque poco a poco le va ganando la preocupación materna hasta que llega a un punto en el que le resulta muy difícil hacer la vista gorda ante las demenciales ideas de su aventurero esposo. El hijo también se debate emocionalmente entre la admiración por su padre y la rebeldía hacia una autoridad que va cuestionando también muy paulatinamente.

La película podría haber resultado muy interesante, y de hecho he leído por ahí que la novela es una pasada y que Peter Weir hace una adaptación bastante fiel; lo que pasa es que llega un momento en el que se hace muy cansina, las actitudes del protagonista son muy repetitivas y tienen poca capacidad de sorpresa, y conforme ese límite entre el genio y la locura se va decantando hacia la segunda el guión va perdiendo interés por momentos. Conseguí llegar al final a duras penas porque sinceramente hubo un momento en el que me daba exactamente igual lo que fuera de la familia protagonista, como si la palmaban todos. Y claro, esto en una historia de estas características es demoledor. Planchazo total.

viernes, 26 de agosto de 2011

Master and Commander: al otro lado del mundo, by Peter Weir

Definitivamente la navegación marítima no es lo mío. Cada vez que me proponen hacer un crucero o incluso montarme en un ferry sólo cinco minutos se me representa ipso facto la tragedia del Titanic, o la del Poseidón, o una tempestad tipo Master and Commander, y decido quedarme en tierra. Que no me gusta que el suelo se mueva bajo mis pies, vamos.

Yo no le voy a discutir a nadie que ésta sea una magnífica película de aventuras; probablemente lo es. El problema es que yo no me he enterado de nada. Entre el indescifrable argot naval, las constantes tempestades, neblinas, humaredas y confusas batallitas, y el poco interés que le pongo cuando una panda de señores decide pelearse contra otra por razones que se me escapan... me he quedado a dos velas. Y nunca mejor dicho.

A mí, sacándome de "Al abordaje", "a estribor" y "a babor", todo lo demás que se diga es complicarme la vida inútilmente. Y nunca me entero en estas películas, cuando llega la lucha cuerpo a cuerpo, de quién es quién y cómo saben quiénes son los malos y los buenos. Como además no llevan uniforme, que es lo único que podría distinguirlos, el lío está asegurado. Para mí todo es un totum revolutum y desde luego si yo tuviera una espada en una situación de ésas la lanzaría indistintamente contra todo bicho viviente y que sea lo que dios quiera. Eso sí, alucinante cómo se ponen los tíos de ron. También para llevar una vida perra de ésas, todo el día subiendo y bajando velas, lo mejor es estar borracho.