domingo, 10 de noviembre de 2013

El capital, by Constantin Costa-Gavras

Ésta es una buena película. Inteligente. Comprometida. Precisa. Clara. Probablemente demasiado clara. Puede que su principal defecto sea precisamente ése, un exceso de claridad en plan pedagógico: "Mira, te voy a enseñar cómo funciona esto y la mierda que tú, ciudadano común, le importas a los que manejan las riendas del dinero, que son los que en definitiva manejan las riendas del poder".

Detrás de esta historia hay un gran director, Costa-Gavras (Missing) y un actor protagonista inesperadamente resolutivo. Pues sí, Gad Elmaleh me ha sorprendido muy agradablemente. Lo tenía por un actor cómico (sin que esto implique nada contra los cómicos), pero incapaz de afrontar otros retos. Y sin embargo el tío dota a su personaje de una consistencia y una prestancia que no se corresponden con su físico más bien mediocre (Con permiso de Carlota Casiraghi, su joven, bella y monegasca novia).

Hay quien se queja de un exceso de didactismo en la película. Y probablemente lleve razón. Hay momentos en los que el guión es asaz descarado, y viene a decir algo así como: "Por si no te has enterado de lo que te estoy contando, te lo dejo claro: soy un hijoputa y lo único que me interesa es seguir permaneciendo a este lado de la cancha, el de los cabrones que mandamos, y no pasar nunca al otro lado, al tuyo, al de los pringados que sois puteados y terminareis siendo aniquilados".

Bueno, es cierto, a ratos Costa-Gavras se da cuenta de que está manejando un lenguaje complejo, el de la macroeconomía y las finanzas más crípticas, e intenta rectificar para dar luz al espectador más perdido. Pero mi queja no va por ahí. Mi queja va más bien por la parte rosa: qué pinta aquí la historia de la modelo. Por qué el protagonista, un tiburón de las finanzas, pierde el culo por follarse a una tía e incluso babea por ella ostensiblemente en público sin ningún tipo de control.

Qué quiere decirnos Costa-Gavras. Igual detrás del personaje principal hay nombres y apellidos reales bastante conocidos. Elmaleh podría ser perfectamente un alter ego de, por ejemplo, Dominique Strauss-Khan, gente con una cara dura impresionante y un autocontrol envidiable que sólo pierde los papeles cuando se les pone a tiro un coño lo suficientemente caro y/o inalcanzable. O bueno, simplemente un coño distinto al de su señora.

No sé, la historia del tiburón de las finanzas que en cuanto ve a una espectacular modelo pierde el sentío, no me termina de cuadrar. Tal vez sea real, no digo que no, tal vez esté retratando a alguien concreto, puede ser. Pero creo que en la película sobra, distrae de lo fundamental, es tan accesorio que resulta irritante. Joder, no me importan los problemas que ese tío tenga con su entrepierna; me importa que me esté puteando a mí y a millones como a mí. Por lo demás, como si le va la coprofagia y se la casca comiendo mierda. Que le aproveche.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Clear History (TV), by Greg Mottola

Érase una vez un tipo que perdió mil millones de dólares porque no le gustaba el nombre que le habían puesto a un nuevo coche diseñado por él.

Érase una vez un tipo que descubrió un buen día con un espejo doble que se estaba quedando calvo por la coronilla y sufrió un fuerte impacto.

Érase una vez un tipo que estaba dispuesto a matar por un concepto vital: lavarse el pelo una sola vez por semana es una puta porquería.

Érase una vez un tipo que se refugió de su pasado en una isla paradisíaca y hasta allí fue perseguido por ese mismo pasado.

Érase una vez un tipo que decía a las ex-gordas cosas como: "Ahora estás muy buena pero cuando estabas gorda ni yo te hubiera querido para salir contigo".

Érase una vez un tipo que sufría porque su exnovia había comido la polla a los cuatro miembros del grupo "Chicago" en un concierto 20 años atrás.

Érase una vez un tipo que en carreteras estrechas, enfrentado contra otro coche... tras mucho discutir, era un crack echando marcha atrás.

Érase una vez un tipo que se llamaba Larry David y que se juntó con otro gamberrete llamado Greg Mottola y juntos... rodaron esta gamberrada.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Sin sufrimiento (Do no harm), by Philippe Gagnon


1. Una loquera más loca que la más loca de sus pacientes.

2. Una loca de la que se cuelga en plan maternal su loquera.

3. Una amiga que ayuda a la loca a demostrar lo loca que está la loquera.

4. Un pretendiente de la loca que no se cree que la loquera esté tan loca.

5. Un loquero que pretende demostrar lo loca que está su colega loquera.

6. Un policía que cree que la loca miente sobre la loquera.

7. Un director, Philippe Gagnon, especializado en locos muuu locos.

8. Y una actriz, Lauren Holly, la loquera loca, que fue señora de... Jim Carrey.

Yo sólo digo una cosa:

Quién da más.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Donde reside el amor, by Jocelyn Moorhouse

“Una película sobre mujeres hecha por mujeres para mujeres”. Eso leo por ahí cuando me pongo a informarme sobre este film y es casi una pistola en el pecho para mí: tengo que verla sí o sí. Para qué. Pues básicamente para ponerla verde, porque eso de “sobre, por y para mujeres” es una llamada obligada al vómito y a la rebelión.

Lo primero es el título que le han puesto en español: “Donde reside el amor”. Pero quién hace estas traducciones, por favoooor. La película se llama originalmente “How to make an american quilt”, que viene a significar “Cómo hacer una colcha americana”. Pues bien, a qué lumbrera se le ocurrió denominar a esto “Donde reside el amor”.

Efectivamente, con ese título no creo que haya ni un solo hombre en el mundo que se preste de forma voluntaria a ver la cosa. Y mujeres, sólo un tipo, la que lee novelas de la colección Jazmín o similar. Ese título es una invitación directa a no ver la película, es casi un insulto para el que la vea. Sólo se puede ver algo que se llama así con vergüenza, como si se estuviera cometiendo un delito. En la clandestinidad, vamos.

Por el lado contrario, creo que la directora, Jocelyn Moorhouse (que también tiene nombre de escritora fetiche de “Jazmín”) el marketing se lo ha currado bien con el elenco. Winona Ryder era cuando se estrenó la película un poderoso elemento de atracción de público juvenil, y ni te cuento los nombres de grandes damas del cine, como Anne Bancroft o Ellen Burstyn, que tienen un efecto llamada inmediato para el público adulto y madurito. Vamos, que la tía en esto ha tenido ojo clínico, eso no se le puede discutir.

En fin, la cosa va de lo siguiente: una muchacha va a casarse pero como está dudosilla se va a casa de su abuela una temporada y allí coincidirá con una serie de señoras ancianas que, no me preguntéis por qué, deciden hacerle de regalo una colcha estilo Patchwork en la que cada una de ellas intentará plasmar gráficamente lo que en su opinión es EL AMOR. Esto, dicho sea con toda claridad, no es que sea un argumento para mujeres; es un argumento para petardas con un elevado grado de petardeo.

Y ahora el veredicto final: el título en español, el argumento y un guión lleno de majaderías son de auténtica catalogación como truño sin paliativos. Winona Ryder y su escasa expresividad facial y su carisma para quinceañeras contribuye en gran manera.

Ahora bien, reconozco que a mí la presencia de Bancroft, de Burstyn y de todas las demás señoras que forman el reparto, me ha llegado al alma. Me da igual que les obliguen a decir frases repugnantemente sobradas de glucemia, me da igual que sus personajes estén llenos de tópicos infumables. Me da igual todo porque sólo por verlas a ellas durante dos horas moverse, reír, hablar, callar, llorar o simplemente estar yo vería mil veces esta película y 40 como ella.

El secreto está en bajar el volumen de la tele para no escuchar lo que dicen. No hace ninguna falta y hasta puede ser contraproducente. Sólo hay que mirarlas y admirarlas. Nada más. Y nada menos.

martes, 5 de noviembre de 2013

Breaking and Entering, by Anthony Minghella

Ésta es una de esas películas que dan un montón de rabia, porque la verdad es que la historia iba bien, me estaba gustando, incluso a ratos me estaba conmoviendo, pero llega el final y me quedo con la boca abierta, la mandíbula colgando, los ojos desorbitados y, en definitiva, esa cara de gilipollas que se nos suele poner a los espectadores cuando un director nos toma el pelo con descaro y desvergüenza torera.

Eso es exactamente lo que hace Anthony Minghella sin el menor reparo. Empieza contándonos una historia chula, triangular, de ésas que molan, encima con un elenco de cagarse: un Jude Law para comérselo y no dejar cacho, una Robin Wright sobria, fina y segura como es ella de por sí, y una Juliette Binoche que, dentro de su tendencia habitual al histrionismo, está contenida y todo.

Law y Wright son una pareja en crisis, con motivos más que sobrados porque tienen que bregar a diario con una especie de Asperger personificado en la hija de Wright, ambos con distintas formas de enfrentarse al problema y con las consiguientes desavenencias conyugales. Por el otro lado está Binoche, que hace de inmigrante bosnia con un hijo adolescente que es casi inevitable carne de presidio. Y claro, se monta una historia a tres bandas compleja, interesante, poco habitual, a ratos extraña pero creíble.

Y, como digo, la cosa va bien hasta que llega el desenlace y a Minghella le da el baile de San Vito, y como su propio nombre indica, le sale de la minga poner a sus personajes a hacer auténticas gilipolleces, sin motivación aparente. Hay por ahí una especie de juicio completamente kafkiano, pretendidamente catártico, cuya explicación es imposible. Por qué, a qué viene, a quién se le ha ocurrido semejante majadería. Y entonces te cagas en Minghella, en toda su nación, en las dos horas de película que te has tragado y hasta en todo lo que has babeado mirando a Jude Law. Anda y que les zurzan.

lunes, 4 de noviembre de 2013

21 Black Jack, by Robert Luketic

Si el juego no te apasiona.

Si las matemáticas no te apasionan.

Si la estética videoclipera no te apasiona.

Si lo de plantar Eurovegas en Madrid no te apasiona.

Si Robert Luketic y su loca cámara psicodélica no te apasionan.

Si nada de todo eso te apasiona... NO TE TRAGUES ESTE TRUÑO.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Ana Karenina, by Bernard Rose

La trama argumental de Ana Karenina es de sobra conocida así que ésta es esa clase de películas que se ven no con ánimo de saber cómo termina la cosa, pues todo el mundo sabe que termina peor que la Cipota en Madrid, sino por ver qué tipo de tratamiento le ha dado el director: si el guión está bien adaptado, si la ambientación decimonónica está cuidada, si la psicología de los personajes ha sido convenientemente retratada y si las interpretaciones están a la altura de la historia. Es decir, interesa única y exclusivamente la parte técnica porque de lo demás ya se encargó don León Tolstói hace la tira de años. Pues bien, ateniéndonos a estos factores, puedo decir y digo que:

1. El guión es algo confuso. Ya sé que intentar comprimir una novela tan densa no es fácil y que Tolstói es mucho Tolstói, pero creo que falta pasión. La sensación es de frialdad, la historia no conmueve. Ana se enamora de Vronsky como podría haberse enamorado de la horticultura; un encuentro en la estación, un bailecito en una fiesta, y voilà! Vini, vidi, vinci, como decían los antiguos.

2. Sophie Marceau, la protagonista indiscutible, muy guapa pero tan expresiva como una piedra pómez. Es una Ana Karenina poco creíble, desde su faceta de dama impecable de la alta sociedad hasta su locura de amor por Vronsky, todo parece falso. La misma cara y los mismos gestos de principio a fin, y se supone que representa a un personaje cuya vida se transforma radicalmente y que sufre un deterioro psicológico infernal. Una gran belleza, sin duda, pero como actriz bastante mediocre. Desde aquí mis disculpas a sus incondicionales.

3. La ambientación, los decorados, el vestuario, el maquillaje y las caracterizaciones casi irreprochables (si obviamos el infame flequillo de Marceau, del que a lo cervantino no quiero acordarme), pero tan fríos como el propio guión. Todo es de una gélida perfección técnica que no dice nada. Palacios inmensos, escenarios majestuosos, paisajes impresionantes. Muy bonito, algo más?

En general estos dramones de época en los que una mujer enfermizamente ingenua, bastante petarda y de temperamento romántico infantiloide sufre un arrebato pasional y lo deja todo por un hombre que la lleva a la desgracia, sinceramente, a mí me aburren bastante. Me aburren literariamente y me aburren igualmente en el cine.

Pero a veces, algunas veces, muy pocas, te encuentras a un director que te cuenta una historia de éstas y te llega al alma. No es el caso. Bernard Rose pone mucho empeño pero no lo consigue. La suya es una "Ana Karenina" que pasará por tu vida sin pena ni gloria y que probablemente olvidarás a los cinco minutos de haberla visto. Pura evanescencia.

Como dijo el poeta, se queda... en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.