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martes, 5 de noviembre de 2013

Breaking and Entering, by Anthony Minghella

Ésta es una de esas películas que dan un montón de rabia, porque la verdad es que la historia iba bien, me estaba gustando, incluso a ratos me estaba conmoviendo, pero llega el final y me quedo con la boca abierta, la mandíbula colgando, los ojos desorbitados y, en definitiva, esa cara de gilipollas que se nos suele poner a los espectadores cuando un director nos toma el pelo con descaro y desvergüenza torera.

Eso es exactamente lo que hace Anthony Minghella sin el menor reparo. Empieza contándonos una historia chula, triangular, de ésas que molan, encima con un elenco de cagarse: un Jude Law para comérselo y no dejar cacho, una Robin Wright sobria, fina y segura como es ella de por sí, y una Juliette Binoche que, dentro de su tendencia habitual al histrionismo, está contenida y todo.

Law y Wright son una pareja en crisis, con motivos más que sobrados porque tienen que bregar a diario con una especie de Asperger personificado en la hija de Wright, ambos con distintas formas de enfrentarse al problema y con las consiguientes desavenencias conyugales. Por el otro lado está Binoche, que hace de inmigrante bosnia con un hijo adolescente que es casi inevitable carne de presidio. Y claro, se monta una historia a tres bandas compleja, interesante, poco habitual, a ratos extraña pero creíble.

Y, como digo, la cosa va bien hasta que llega el desenlace y a Minghella le da el baile de San Vito, y como su propio nombre indica, le sale de la minga poner a sus personajes a hacer auténticas gilipolleces, sin motivación aparente. Hay por ahí una especie de juicio completamente kafkiano, pretendidamente catártico, cuya explicación es imposible. Por qué, a qué viene, a quién se le ha ocurrido semejante majadería. Y entonces te cagas en Minghella, en toda su nación, en las dos horas de película que te has tragado y hasta en todo lo que has babeado mirando a Jude Law. Anda y que les zurzan.

jueves, 11 de julio de 2013

Cold Mountain, by Anthony Minghella

Os cuento. Una blanquísima Nicole Kidman, hija de buena familia, conoce a un fornido trabajador de la construcción, que no es otro que el bello Jude Law. Ella le lleva un vaso de sidra para que se refresque y entre sorbito y sorbito se enamoran. En esto que estalla la guerra de Secesión y él se va al frente. Vaya por dios. Dramón.

Nicole Kidman, la pobre, tiene que ponerse a trabajar, cosa que no había hecho en toda su vida de señoritinga sureña. Por suerte aparece muy oportunamente en su puerta Renée Zellweger con una cara rarísima, más hinchada si cabe que de costumbre y bastante más negruzca, con unos pelos infames y hablando en un idioma extrañísimo parecido al arameo, y le dice que no se preocupe, que ella le salva la granja. Y nada, se ponen las dos dale que te pego a labrar los campos, a levantar vallas, a criar animalitos y todas esas cosas que se suelen hacer en las granjas.

Milagrosamente mientras la Zellweger está cada día más negruzca, cosa normal cuando se trabaja de sol a sol por mucho sombrerito que te pongas, la Kidman a su lado luce cada día más nívea. Que cómo se explica este curioso fenómeno? Ah, pues vete tú a saber. El secreto debe estar en alguna crema de protección solar pantalla total que debía circular por la América decimonónica que Kidman debía aplicarse a escondidas para que Zellweger no se la rapiñara.

A todo esto el pobre Jude Law en la guerra, lisiado de miembros varios, cuando no del pie, de la cabeza y cuando no del brazo o de las cervicales. Law, harto ya de tanta pupa, decide volver con su amada, la que le sirvió aquel delicioso vasito de sidra, pero claro, en plena guerra el tema de las comunicaciones está crudillo, así que tarda un buen puñado de meses o años en llegar, yo qué sé, porque la noción del tiempo ya a estas alturas la he perdido. Por el camino, eso sí, se encuentra con gente la mar de interesante y con algunas muchachas muy monas, como por ejemplo Natalie Portman, y se hacen ojitos y tal, pero nada más porque él está muuuuuuy enamorado de su lechosa chica. Y hasta aquí puedo contar sin romper las sagradas normas del espoiler.

En fin, un poema, una odisea, un sinvivir. Anthony Minghella una vez más se monta un dramón de guerra al más puro estilo “El paciente inglés” pero aún más tostón, si es posible. Muchas escenas de batallas, mucho lento peregrinar de Law por esos mundos de dios y mucho lucir melena y blancura epidérmica la Kidman, por supuesto con la expresividad de que hace gala esta muchacha desde que las inyecciones de toxina botulínica se instalaron en sus facciones. En definitiva, un coñazo.

domingo, 26 de junio de 2011

El paciente inglés, by Anthony Minghella

Algo que yo creí que nunca podría ocurrirme me pasó mientras veía esta película: me quedé completamente dormida mirando a Ralph Fiennes. Que cómo pudo ocurrir este fenómeno? Ni idea. Yo todavía me lo estoy preguntando. Que yo me duerma mirando a uno de mis actores favoritos, al que adoro de los pies a la cabeza, con el que me hago agüita literal... esto es como si te pasas la plancha por el pelo y te sale una permanente. Un expediente X.

De dónde pudo proceder este extraño sopor? Había dormido la siesta, vamos, que sueño atrasado no podía ser. Tal vez fuera que no me creí ni por un momento la historia con Scott Thomas, que es una actriz que también me gusta (ni muchísimo menos como Ralph, of course), pero con la que la química no funcionaba ni de coña. O bien la historia paralela con Juliette Binoche, que era cansina a más no poder. O todo un poco; el caso es que no conseguía interesarme por ninguna de las líneas argumentales. Los cuernos de la Thomas eran tan aburridos que no parecían ni cuernos. Por favorrr, y para eso te molestas en putear a tu marido? Para aburrir hasta a las cabras?

Yo creo que la clave de esta película está en el título. La palabra "paciente" qué significa. Pues eso, inmovilidad, lentitud vital, falta de acción, posible colapso, paciencia infinita... Y si lo unes a la palabra "inglés"... Qué es un inglés? Un tipo que conduce por la izquierda. Joder, es que tenía que ser infumable, por cojones.