Una película de Robert Mulligan preciosa, inteligente, llena de sentido y sensibilidad. Una historia sencilla que cuenta algo tal vez inverosímil (no es fácil mantener el amor y los sentimientos viéndose tan solo una vez al año) pero que refleja perfectamente lo que es enamorarse cuando ya tienes tu vida hecha y no deseas romper con ella pero tampoco quieres renunciar a vivir ese amor.
Inteligente porque cuenta un amor extraconyugal de una forma totalmente distinta a la habitual. Es maravilloso cómo los protagonistas viven su historia, cómo se cuentan sus secretos matrimoniales, sus más íntimos pensamientos, sus vivencias familiares... No hay nada de sufrimiento, no hay dramones, no hay tragedias, no hay sordidez, algo tan frecuente en las historias de infidelidades; solo hay amor, simplemente amor, un amor sin intereses ni compromisos, un amor perfectamente limpio, libre y puro, sin obligaciones de por medio. Ninguno siente celos del cónyuge del otro, más bien al revés, sienten incluso afecto, como siendo conscientes de que comparten algo muy importante.
La película, que es una adaptación de una obra teatral y se nota bastante, se estructura en cinco "actos", que nos muestran el encuentro de los protagonistas también cada cinco años. En cada uno de ellos hay una pequeña introducción donde se ven imágenes de los hechos históricos que han marcado esa época y luego aparecen ellos en esa encantadora cabaña en la que se encuentran. Los vamos viendo evolucionar, crecer, adaptarse a las modas, cambiar de ciudades, de trabajos, envejecer... pero siempre con ese maravilloso amor a tiempo parcial de trasfondo.
Mis frases favoritas:
- Estamos en un lío: me he colado de ti pero soy feliz estando casado.
- Por un hermoso fin de semana cada año sin ataduras ni responsabilidades. Gracias, Doris.
- Si no consigues que me ría sustitúyelo por un beso.
Cosas con las que me quedo:
- Los diálogos en los que se cuentan cada año lo mejor y lo peor de cada cónyuge.
- Los intercambios de fotos de los niños.
- Los cambios de look de Ellen Burstyn. Un repaso maravilloso a la moda de tres décadas.
- El año de la impotencia de George y del embarazo de Doris. Un episodio precioso.
- El momento en el que George rompe a llorar por su hijo.
- La canción "The last time I felt like this I was falling in love".
- El final.
Y por supuesto Alan Alda y Ellen Burstyn, que dan vida a esos encantadores amantes de cita fija anual que ya nunca olvidaré.
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domingo, 30 de abril de 2017
jueves, 7 de noviembre de 2013
Donde reside el amor, by Jocelyn Moorhouse
“Una película sobre mujeres hecha por mujeres para mujeres”. Eso leo por ahí cuando me pongo a informarme sobre este film y es casi una pistola en el pecho para mí: tengo que verla sí o sí. Para qué. Pues básicamente para ponerla verde, porque eso de “sobre, por y para mujeres” es una llamada obligada al vómito y a la rebelión.
Lo primero es el título que le han puesto en español: “Donde reside el amor”. Pero quién hace estas traducciones, por favoooor. La película se llama originalmente “How to make an american quilt”, que viene a significar “Cómo hacer una colcha americana”. Pues bien, a qué lumbrera se le ocurrió denominar a esto “Donde reside el amor”.
Efectivamente, con ese título no creo que haya ni un solo hombre en el mundo que se preste de forma voluntaria a ver la cosa. Y mujeres, sólo un tipo, la que lee novelas de la colección Jazmín o similar. Ese título es una invitación directa a no ver la película, es casi un insulto para el que la vea. Sólo se puede ver algo que se llama así con vergüenza, como si se estuviera cometiendo un delito. En la clandestinidad, vamos.
Por el lado contrario, creo que la directora, Jocelyn Moorhouse (que también tiene nombre de escritora fetiche de “Jazmín”) el marketing se lo ha currado bien con el elenco. Winona Ryder era cuando se estrenó la película un poderoso elemento de atracción de público juvenil, y ni te cuento los nombres de grandes damas del cine, como Anne Bancroft o Ellen Burstyn, que tienen un efecto llamada inmediato para el público adulto y madurito. Vamos, que la tía en esto ha tenido ojo clínico, eso no se le puede discutir.
En fin, la cosa va de lo siguiente: una muchacha va a casarse pero como está dudosilla se va a casa de su abuela una temporada y allí coincidirá con una serie de señoras ancianas que, no me preguntéis por qué, deciden hacerle de regalo una colcha estilo Patchwork en la que cada una de ellas intentará plasmar gráficamente lo que en su opinión es EL AMOR. Esto, dicho sea con toda claridad, no es que sea un argumento para mujeres; es un argumento para petardas con un elevado grado de petardeo.
Y ahora el veredicto final: el título en español, el argumento y un guión lleno de majaderías son de auténtica catalogación como truño sin paliativos. Winona Ryder y su escasa expresividad facial y su carisma para quinceañeras contribuye en gran manera.
Ahora bien, reconozco que a mí la presencia de Bancroft, de Burstyn y de todas las demás señoras que forman el reparto, me ha llegado al alma. Me da igual que les obliguen a decir frases repugnantemente sobradas de glucemia, me da igual que sus personajes estén llenos de tópicos infumables. Me da igual todo porque sólo por verlas a ellas durante dos horas moverse, reír, hablar, callar, llorar o simplemente estar yo vería mil veces esta película y 40 como ella.
El secreto está en bajar el volumen de la tele para no escuchar lo que dicen. No hace ninguna falta y hasta puede ser contraproducente. Sólo hay que mirarlas y admirarlas. Nada más. Y nada menos.
Lo primero es el título que le han puesto en español: “Donde reside el amor”. Pero quién hace estas traducciones, por favoooor. La película se llama originalmente “How to make an american quilt”, que viene a significar “Cómo hacer una colcha americana”. Pues bien, a qué lumbrera se le ocurrió denominar a esto “Donde reside el amor”.
Efectivamente, con ese título no creo que haya ni un solo hombre en el mundo que se preste de forma voluntaria a ver la cosa. Y mujeres, sólo un tipo, la que lee novelas de la colección Jazmín o similar. Ese título es una invitación directa a no ver la película, es casi un insulto para el que la vea. Sólo se puede ver algo que se llama así con vergüenza, como si se estuviera cometiendo un delito. En la clandestinidad, vamos.
Por el lado contrario, creo que la directora, Jocelyn Moorhouse (que también tiene nombre de escritora fetiche de “Jazmín”) el marketing se lo ha currado bien con el elenco. Winona Ryder era cuando se estrenó la película un poderoso elemento de atracción de público juvenil, y ni te cuento los nombres de grandes damas del cine, como Anne Bancroft o Ellen Burstyn, que tienen un efecto llamada inmediato para el público adulto y madurito. Vamos, que la tía en esto ha tenido ojo clínico, eso no se le puede discutir.
En fin, la cosa va de lo siguiente: una muchacha va a casarse pero como está dudosilla se va a casa de su abuela una temporada y allí coincidirá con una serie de señoras ancianas que, no me preguntéis por qué, deciden hacerle de regalo una colcha estilo Patchwork en la que cada una de ellas intentará plasmar gráficamente lo que en su opinión es EL AMOR. Esto, dicho sea con toda claridad, no es que sea un argumento para mujeres; es un argumento para petardas con un elevado grado de petardeo.
Y ahora el veredicto final: el título en español, el argumento y un guión lleno de majaderías son de auténtica catalogación como truño sin paliativos. Winona Ryder y su escasa expresividad facial y su carisma para quinceañeras contribuye en gran manera.
Ahora bien, reconozco que a mí la presencia de Bancroft, de Burstyn y de todas las demás señoras que forman el reparto, me ha llegado al alma. Me da igual que les obliguen a decir frases repugnantemente sobradas de glucemia, me da igual que sus personajes estén llenos de tópicos infumables. Me da igual todo porque sólo por verlas a ellas durante dos horas moverse, reír, hablar, callar, llorar o simplemente estar yo vería mil veces esta película y 40 como ella.
El secreto está en bajar el volumen de la tele para no escuchar lo que dicen. No hace ninguna falta y hasta puede ser contraproducente. Sólo hay que mirarlas y admirarlas. Nada más. Y nada menos.
domingo, 31 de marzo de 2013
Réquiem por un sueño, by Darren Aronofsky
Vale vale vale, prometo que no me voy a drogar nunca nunca nunca, pero por favorrrr, Aronofsky, no sigaaasssss!!!!
Yo la verdad es que no sé qué le pasa a este hombre que en todas sus películas intenta ponerle al personal el peor cuerpo posible. Desde luego en el pecado llevamos la penitencia porque todos sabemos cuando nos ponemos a degustar su cine a lo que vamos, y el que más y el que menos tiene preparados la escupidera por si los vómitos, los klínex para las lágrimas y el sudor (difícilmente para el semen, aunque pervertidos hay en todas partes), y el botiquín de primeros auxilios listo para intervenir.
Si yo ya sabía que la droga es mala, que engancha (por eso se llama droga, si no se llamaría... no sé, limonada, por ejemplo). Y también sabía lo del mono, y lo de las alucinaciones, y lo de la gente que no vive más que para la próxima dosis... si todo eso lo sabía ya. Qué me ha aportado, pues, esta demencial película?
Una sobredosis de angustia vital con mal rollo impresionante.
Una sobredosis de estética videoclipera a cámara loca.
Una sobredosis de música esquizoide.
Una sobredosis de frigoríficos que saltan.
Una sobredosis de programas de televisión vomitivos.
Una sobredosis de pelos infernales de Ellen Burstyn, pobre mujer.
Una sobredosis de mechas californianas de Jennifer Connelly.
Una sobredosis de pupilas dilatadas.
Una sobredosis de polvos blancos, cucharillas y jeringuillas.
En definitiva... una sobredosis de horror sólo soportable si tienes cerca un bote de Prozac y otro de Tranquimazín. Resumiendo, Aronofsky es esa clase de director que al intentar concienciarte de lo malísima que es la droga en realidad no hace otra cosa que empujarte inexorablemente a ella.
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