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viernes, 20 de septiembre de 2019

The Deuce (Las Crónicas de Times Square) (Serie de TV), by David Simon

David Simon recrea en The Deuce la sórdida realidad del negocio del sexo en el New York de los años 70-80. La prostitución, el proxenetismo, la pornografía... todo lo que gira en torno a algo que es tan viejo como el mundo: el sexo de pago y todo el dinero que genera.

Tengo que reconocer que me costó engancharme. Hay tantas historias paralelas y tanta dispersión argumental que cuando empiezas a interesarte por algo que está pasando en la pantalla rápidamente se pasa a otro tema y te pegas un planchazo; tienes que esperar a que siga la historia que te interesaba y a lo mejor cuando vuelves a ella ya se te ha olvidado y te estabas enganchando a otra. Con ese método narrativo es muy difícil atrapar a la gente.

Y sin embargo el guión es bueno, y algunos personajes tienen indudable carisma. Por supuesto Candy, la prostituta interpretada por Maggie Gyllenhaal (que, por cierto, también es productora de la serie), que es para mí la protagonista indiscutible.

Me convence mucho más que James Franco en su papel de camarero bondadoso, compasivo y enrollado. Aparte de ser el único personaje masculino que medio se salva de la quema no tiene el menor interés. Es completamente plano, carente de emociones, sin vida.  Me lo creo bastante más en el rol de hermano gemelo, el vividor follador multivicioso sin remedio.

Me parece muy interesante la recreación que Simon hace del submundo de la prostitución, sobre todo porque huye del victimismo femenino tan usual en estos temas. Las putas de la serie lo son porque quieren, es la forma de ganarse la vida que han elegido, incluso ellas deciden estar bajo la "protección" de su correspondiente chulo. O no hacerlo. Por ejemplo, Candy prefiere ir por su cuenta y no someterse a los dictados de ningún proxeneta, asumiendo las consecuencias de su libertad, y gestionando ella misma su trabajo.

El ambiente en el que se mueven las protagonistas es eminentemente machista, ellas son meros objetos de placer para los hombres, pero aún así de algún modo algunas llegan a empoderarse a través del sexo. Entienden que los hombres pueden ser marionetas en sus manos porque ellas poseen algo que ellos desean, y ahí está su verdadero poder. Una vez más es la prostituta Candy la que, al tomar las riendas de su vida, descubre el camino alternativo del cine porno y va abriendo ese camino a sus compañeras. Al mismo tiempo los proxenetas van perdiendo influencia sobre ellas, en el momento en que las chicas descubren que pueden desenvolverse en ese otro mundo sin ellos.

En el debate social sobre la prostitución esta serie aporta un interesante punto de vista. La conclusión que puede extraerse es que el negocio del sexo está ahí, mueve muchísimo dinero y es imposible destruirlo. Pero sí se puede dar a las mujeres que se dedican a él la capacidad de gestionar sus vidas, en lugar de perseguirlas, estigmatizarlas y condenarlas a la marginación social. Si hay hombres dispuestos a pagar para obtener sexo y hay mujeres que deciden libremente vivir de ello deben poder hacerlo con todas las garantías, y si algo hay que perseguir es la explotación, el proxenetismo y las mafias que rodean el negocio. Y punto.


domingo, 24 de febrero de 2013

Mi nombre es Harvey Milk, by Gus Van Sant


Conozco a un tipo que es gay y facha al mismo tiempo. Sí, ya sé, es algo así como ser negro y del Ku-Klux-Klan o judío neonazi, pero ese tipo de gente existe. Es así y hay que asumirlo. Cuando le preguntas a este tipo por el matrimonio homosexual dice que es un pego y que él no necesita casarse. Ya, bueno, y yo tampoco y sin embargo no por eso voy  por ahí lanzando proclamas incendiarias contra el matrimonio hetero, por mucho que me parezca una institución caduca, obsoleta y rancia a más no poder.

Y a qué viene esto? Dirá alguno. Pues viene a que precisamente en esta película Gus Van Sant nos muestra los primeros movimientos en Estados Unidos por los derechos civiles de los homosexuales y la relación de éstos con la política. El tal Harvey Milk, que como empresario venía de una mentalidad liberal republicana, se ve obligado por su condición sexual a replantearse su posición, y se convierte en el primer político abiertamente gay que se presenta a unas elecciones con su condición sexual como referente. En ese aspecto la película es interesante, incluso necesaria. Está bien que alguien nos haga recordar de vez en cuando la tremenda lucha que ha hecho falta hasta llegar al día de hoy, con una serie de derechos asumidos por la sociedad que aunque creamos ya consolidados, para nada, que ahí siguen los del crucifijo in pectore pugnando por recuperar terreno.

Lo que no me gusta de la película es la falta de coherencia del director. Por qué Van Sant, que nos habla de la homosexualidad y de los derechos civiles del colectivo gay, es tan timorato con la cámara? Por qué cuando Sean Penn y James Franco se besan (supercastamente, todo hay que decirlo, plan piquito y leve restregón de morros) aparece un súbito fundido en negro, o se va difuminando la luz hasta la siguiente escena? Bueno, y como dice el chiste, ya de follar ni hablamos.

Volvemos a lo mismo de siempre: quiero reivindicar algo pero no quiero herir demasiado la sensibilidad del espectador que sienta cierta repugnancia ante la imagen de dos tíos metiéndose la lengua hasta la garganta o sobándose o directamente echando un polvo. Ante todo no asustar al público.

Joder, y eso es justamente de lo que abominaba el propio Milk, según se desprende de la película: de la falta de valentía para mostrarse como uno es, de los armarios cerrados, del terrible mal que ese ocultismo hace a la causa, porque cuánta gente hay que se muestra abiertamente homófoba sin complejos porque no sabe que la persona que está tomando café a su lado o que trabaja en la mesa contigua es homosexual? Y ahora viene un director que quiere contarnos una historia de arrojo y osadía y el tío va... y se caga por la patilla!!!! Pues eso, un quiero y no puedo, un sí pero no, un puro y duro coitus interruptus.

jueves, 16 de febrero de 2012

127 horas, by Danny Boyle

La historia de un imbécil sólo puede dar lugar a un producto imbécil. Eso es una regla infalible, y por supuesto aquí también se ha cumplido.

Ésta es la historia (cómo no, basada en hecho real) de un tarado que se va solo a recorrer los grandes cañones de Utah y tiene un accidente que le deja totalmente inmovilizado dentro de una grieta, con la mano atrapada por una roca. Y hasta aquí puedo contar.

Lo bueno de la peli es que el propio protagonista reconoce lo imbécil que es en la famosa escena del concurso: "Hay que ver que soy tan gilipollas que me voy de excursión al quinto coño y no le digo a nadie dónde he ido. Ahora que me busquen."

Lo más alucinante, el mensaje final, la moraleja del tío: voy a seguir haciendo gilipolleces, pero eso sí, voy a ser bueno y siempre le diré a alguien dónde estoy. Claro, para que luego las patrullas de salvamento pierdan su tiempo, a veces hasta su vida y siempre nuestro dinero en ir a socorrerte a ti y a cientos de capullos como tú que necesitan vivir a tope, sentir la adrenalina correr por sus venas y retar día sí día también a la muerte.

De todas formas hay que reconocer que James Franco, además de estar muy bueno, hace de puta madre de aventurero idiota, y el tío hasta consigue a ratos darnos penilla, no sé muy bien si por lo tonto o por la pupa que le tiene que estar haciendo la roca.

Aviso de que tiene sus momentos de casquería dura. Para los escrupulositos, que se tapen los ojos y eso. El momento se ve venir, así que tenéis que estar pendientes si no queréis que os salpique la sangre.