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lunes, 7 de octubre de 2013

Destino oculto, by George Nolfi

Saben aquél que diu que estaba Dios aburrido tocándose los huevos y de repente se dijo: “Qué coño, voy a entretenerme un rato jodiéndole la vida a alguien”.

Pues sí, la teoría de George Nolfi es que Dios es algo así como el director general de una gran corporación, y los ángeles serían algo así como sus empleados. Y Dios no tiene otra cosa que hacer que tocarle las pelotas a la peña con la inestimable ayuda de sus celestiales esbirros. La verdad es que se parece bastante a la idea de Dios que yo tengo, a la vista de cómo va el mundo.

En fin, os cuento. Resulta que Matt Damon está predestinado a ser presidente de los USA y cambiar el mundo, y claro, al muchacho le gusta Emily Blunt pero el Mister opina que una novia le distraería de este designio divino y perjudicaría seriamente sus planes, así que no ve otra opción que mandarle a Damon un equipo de angelitos para joderle la marrana e impedir su ayuntamiento con la bella Blunt.

Y ahí que te ves a los ángeles, en plan “Los hombres de Paco”, echándole una mala leche al asunto que pa qué. Los ángeles son de varios tipos; algunos, los menos, tienen un pelín de escrúpulos y se limitan a provocar accidentes de tráfico, esguinces de tobillo y menudencias por el estilo, pero hay otros que, vaya tela, son auténticos cabronazos. Vamos, que con tal de impedir que la parejita se ajunte son capaces de auténticas marranadas de proporciones mastodónticas. Unos hijoputas de mucho cuidao.

Mientras veía la película había una pregunta que me venía una y otra vez a la cabeza: cómo podían los actores soltar sus demenciales diálogos sin descojonarse. Y cómo es posible que Matt Damon, un tío que seguro que tiene ofertas de sobra y al que no le falta el curro… cómo pudo aceptar este papel. Porque Emily Blunt igual no está tan solicitada y, mira, la pobre tiene que hacer cualquier cosa para ganarse las habichuelas, pero Damon… Damooooon, en qué coño estabas pensandoooooo.

martes, 27 de agosto de 2013

Behind the Candelabra, by Steven Soderbergh


Soderbergh se despide (dice él) del cine con este sentido homenaje a lo hortera, a lo desmesurado y a lo decadente a través de la figura igualmente hortera, desmesurada y decadente del pianista Walter Liberace.

Horripilantes abrigos de pieles, toneladas de oro en forma de maxianillos, cadenones, brazaletes y todo tipo de joyerío de gusto distraído, la ostentación como estilo de vida, el histrionismo como forma de comunicación...

Liberace, para que nos entendamos, sería una especie de mezcla setentera de nuestro Raphael, de Mario Vaquerizo y de Sara Montiel. Un auténtico cocktail molotov que te puedes imaginar encarnado en cualquiera menos en el hombre-testosterona por excelencia, Michael Douglas.

Y sin embargo ocurre; ver a Douglas es ver a Liberace y ver a Liberace es ver a Douglas. Si no, buscad imágenes y vídeos del auténtico Liberace y lo podréis comprobar. Igualicos igualicos igualicos.

Sólo por ver la transformación de Douglas en esta locaza amante de los excesos y del esperpento merece la pena la película. Pero si Douglas está irreconocible no se queda tampoco corto Matt Damon interpretando al joven amante del pianista.

Damon, de hecho, tiene un papel bastante más complejo porque en dos horas pasa de joven efebo rubio a maricona loca y de ahí a yonki desquiciado para terminar con una imagen de respetable y cuerdo ciudadano americano que rompe todos los esquemas.

La película, de hecho, se basa en un libro del amante de Liberace. Supongo que el muchacho, tras una experiencia vital tan completita, no pudo resistir la tentación de comunicarla al resto de la humanidad, presentándonos de paso una imagen de sí mismo enternecedora.

Por mí, desde luego, se lo podría haber ahorrado. Primero, el personaje de Liberace no me parece en absoluto interesante. Puede que a Alaska o a Lady Gaga les pueda fascinar, seguro; a mí me parece otro mamarracho más de los muchos que tenemos que soportar a diario en los medios. Y la historia del novio me interesa todavía menos. Ya ves, el chulazo de un famoso contando al mundo su tormentosa relación, qué interesante y qué original. Sálvame Deluxe.

Y sin embargo éste es el extraño caso de una película cuya historia me importa un pimiento pero que me ha resultado divertida, sobre todo por ver a algunos de mis actores favoritos en registros desconocidos y nunca imaginados. Aunque sólo sea por eso, si tenéis ocasión, vedla. Lo vais a flipar

sábado, 18 de febrero de 2012

Más allá de la vida, by Clint Eastwood

La mayoría de mis amigas van a videntes y vuelven entusiasmadas contándome lo que les han dicho con profusión de detalles. Yo las escucho y, naturalmente, no me creo nada pero como a ellas les va bien, asiento como muy interesada en lo que me están contando.

Yo nunca he ido; primero porque no creo en ellos, y segundo porque si de verdad hubiera alguno que viera algo, no tengo el menor interés en saberlo. Me parece una putada del copón; de hecho, si existe un dios lo mejor que ha hecho es no darnos el don de la futurología. Quién coño quiere saber cómo y cuándo va a morirse.  O lo que es peor, cómo y cuándo van a morirse las personas a las que quiere.

Clint Eastwood tiene ya unos años y se ve que empieza a temer a la muerte. Y que le hace ilu lo del más allá. El hombre no se resigna a que sus ochentaypico años, además lúcidos a más no poder, no tengan continuidad. Y lo entiendo, eh? Que conste. Yo no tengo muchas esperanzas de llegar a tan provecta edad (en mi familia la esperanza de vida es mucho más corta) pero creo que igual me daría por lo mismo.

Y nada, cómo me lo guiso y me lo como? Pues me monto una historia de experiencias post mortem, de paso algo de amorcillo de por medio, con un tipo solitario y torturado por un don secreto, y... cómo no, voy a meter a alguien que crea en la vida más allá de la muerte pero que por ello sea públicamente defenestrado y humillado. Vamos, me voy a poner yo mismo en la peli, pero disfrazado. Y de qué me disfrazo para que no se note que soy yo? Pues de famosa periodista francesa. Y además guapa y estilosa. Ea, porqueyolovalgo.

En fin, Eastwood puede con eso y con más; a sus años le cabe todo y todo se lo podemos perdonar. Se ha montado una historia guay para consolarse de la cercanía de la muerte, y de paso nos ha dejado para la posteridad un buen leit motiv para el cachondeo. Ya sabéis: "Te acuerdas de cuando Clint estaba pa palmarla y filmó lo del más allá? Juassssss"

A mí en esta peli todo me suena chusco y patatero a más no poder, pero no puedo evitar sentir cierta simpatía por el personaje de Matt Damon. Entre tanta chorrada es el único que intenta hacer algo digno, y a ratos me parece que hasta se lo cree, aunque cueste. Tal vez aceptara este papel porque se lo ofreció el dios Eastwood y a un dios no se le puede decir que no. O tal vez él también tiene miedo a la muerte. Haz tu apuesta.

sábado, 14 de enero de 2012

Valor de ley (True Grit), by Joel Coen y Ethan Coen

Vuelvo a intentarlo con un Western, a pesar de no ser género santo de mi devoción, pero la peli tiene estupendas críticas, y además tengo un reto personal con los Coen: busco constantemente otro gran Lebowski, reconozco que con escaso éxito hasta el momento. Total, que me atrevo a hacer westing y tiro palante.

Como era de prever, los Coen hace tiempo que olvidaron a Lebowski, o que intentan resucitarlo sin fortuna. A Bridges le pasa lo mismo; quiere perpetuar al Nota pero no le funciona. Únicamente Matt Damon hace algo medianamente distinto pero tampoco provoca orgasmos.

En definitiva, una historia que, por otro lado, es la misma historia mil veces contada antes en mil películas del Oeste: se buscan forajidos, los forajidos son muy malos disparando y los que los buscan son buenísimos. Un montón de tiroteos y sólo caen de un bando. Éste es el esquema básico del Far West.

Bueno, en esta peli algo distinto sí que hay: una niña, que está a medio camino entre Lisa Simpson y Fidel el de Aída y que se supone que es el elemento diferenciador respecto a las cientos de películas del Oeste que la preceden. Del personaje de la niña sólo puedo decir una cosa: gracias a ella sé que hay un Norman Bates en mí; esa niña duchándose detrás de unas cortinas es una auténtica provocación.

En fin, me temo que el Western seguirá siendo un género perfectamente prescindible para mí. Y que mi reto con los Coen también permanecerá intacto por los siglos de los siglos.

Hasta el próximo castañazo, amigos.