Para mí Spencer Tracy siempre ha sido un crack. El tío, haga el papel que haga, invariablemente lleva el mismo traje y el mismo sombrero y no cambia jamás esa apariencia de buen hombre metido en jaleos sin comerlo ni beberlo. Con el mismo ropaje igual te hace de juez en Nuremberg que de Pocholín el de Pocholina que de padre de niña pija adivinando quién viene esta noche. Yo creo que si hubiera hecho una de romanos iría con el mismo traje y el mismo sombrero.
En esta peli, adivinad con qué estilismo, hace de manco que aparece en un pueblo del salvaje Oeste para averiguar qué ha sido de un granjero japonés. Esto poco después del ataque nipón a Pearl Harbor, os podéis hacer una idea del ambientecillo tan sanote que reina en ese pueblucho de la América profunda.
Pero lo más alucinante es que Tracy (recordemos que manco) hace un papel mezcla de Rambo, McGiver, el hombre araña, los Power Rangers y Kung-Fu. Y todo ello con su trajecito negro habitual, su sombrero de diario, sin variar su gesto ni un ápice y sin pestañear. El mismo Spencer que esperaba al novio negro de la niña, vamos.
Con deciros que también sale Lee Marvin en un breve papel y que al lado de Tracy parece la niña del exorcista... o Jim Carrey, que viene a ser lo mismo.
No, en serio, la peli de Sturges está bastante bien. Es una especie de "La ley del silencio" pero en lugar de Marlon Brando con la cazadora de cuero y la cara de malo malote tenemos a Tracy con su faz de buena persona y su eterno look atemporal en el Far West. El tío, con esas pintas, se enfrenta a un montón de palurdos de preocupante pelaje. Y no digo si gana o si pierde porque está feo contar finales.
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viernes, 30 de noviembre de 2012
miércoles, 21 de noviembre de 2012
¿Vencedores o vencidos? (El juicio de Nuremberg), by Stanley Kramer
Spencer Tracy. El juez que juzga. Lleva la honradez pintada en la faz, y una intención clara de hacer justicia de forma implacable. Intenta comprender de verdad cómo un país entero pudo ser abducido por un fanático como Hitler hasta el punto de consentir millones de asesinatos a sangre fría. Tracy, con su habitual sobriedad y sencillez, hace honor a la bonhomía del personaje y lo borda.
Burt Lancaster. El juez juzgado. Si el protagonista indiscutible debía haber sido Tracy, Burt Lancaster aparece en pantalla y se lo merienda sólo con la mirada. Durante casi toda la película Lancaster no hace un solo gesto, no mueve un músculo de su cara. Eso sí, su mirada profunda y digna lo dice todo. Cuando decide hablar, su testimonio es probablemente el más demoledor de todos.
Richard Widmark. El fiscal. Le toca la parte chula: demostrar la culpabilidad de unos individuos que han cometido un crimen abominable, espanto de toda la humanidad. Widmark está contenido, su personaje no hace demasiada sangre, sus interrogatorios son exhaustivos y finos pero no se permite dejarse llevar por el paroximo.
Maximilian Schell. El abogado defensor. Oscar al mejor actor. Una vez más Hollywood premia la sobreactuación y el frenesí interpretativo. En su favor hay que decir que Schell es el que lo tiene más jodido porque a su personaje le toca hablar de la humillación y la miseria del pueblo alemán, que le llevaron a ser seducido por un psicópata demagogo y charlatán como Hitler, y le toca además demostrar que los alemanes no sabían nada de lo que estaba pasando en los campos. Lo tiene complicado, y tal vez por eso recurre al arrebato pasional y a la exaltación de las emociones. En cualquier caso, la actuación que menos me convence.
Judy Garland. La testigo de cargo. Increíblemente sobria y comedida para ser Garland. Su papel es corto pero sustancioso. Su personaje intenta mantener la dignidad en un interrogatorio duro destinado a hundirla y hacerla caer en contradicción. No hace ni un solo gesto de más ni tampoco de menos; está sencillamente perfecta.
Montgomery Clift. El testigo débil mental. Pobre Monty, le tocó el gordo con el papel pero se le va un poco de las manos. No termina de encontrar el punto medio en el que está la virtud. Su personaje es complicado porque al mismo tiempo tiene que resultar conmovedor, patético, indefenso, frágil e histérico. No lo consigue; a ratos se queda corto y a ratos se pasa siete pueblos. Lo tenía muy difícil, la verdad.
Stanley Kramer. El cocinero. Lo tenía chupado con estos ingredientes y con una opinión pública mundial completamente abrumada por los crímenes ominosos de la Alemania nazi. Y creo que de veras intenta mantener una cierta equidistancia, reflejada en el personaje éticamente impecable de Tracy. Nada que ver con el Kramer dislocado y demencial de "La herencia del viento", por ejemplo. Pero le pasa como a Monty, tampoco lo consigue. Al final queda la sensación de que la principal victoria de los vencedores siempre será que ellos se quedan con el inmenso poder de contar la historia a su manera.
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