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miércoles, 21 de noviembre de 2012
¿Vencedores o vencidos? (El juicio de Nuremberg), by Stanley Kramer
Spencer Tracy. El juez que juzga. Lleva la honradez pintada en la faz, y una intención clara de hacer justicia de forma implacable. Intenta comprender de verdad cómo un país entero pudo ser abducido por un fanático como Hitler hasta el punto de consentir millones de asesinatos a sangre fría. Tracy, con su habitual sobriedad y sencillez, hace honor a la bonhomía del personaje y lo borda.
Burt Lancaster. El juez juzgado. Si el protagonista indiscutible debía haber sido Tracy, Burt Lancaster aparece en pantalla y se lo merienda sólo con la mirada. Durante casi toda la película Lancaster no hace un solo gesto, no mueve un músculo de su cara. Eso sí, su mirada profunda y digna lo dice todo. Cuando decide hablar, su testimonio es probablemente el más demoledor de todos.
Richard Widmark. El fiscal. Le toca la parte chula: demostrar la culpabilidad de unos individuos que han cometido un crimen abominable, espanto de toda la humanidad. Widmark está contenido, su personaje no hace demasiada sangre, sus interrogatorios son exhaustivos y finos pero no se permite dejarse llevar por el paroximo.
Maximilian Schell. El abogado defensor. Oscar al mejor actor. Una vez más Hollywood premia la sobreactuación y el frenesí interpretativo. En su favor hay que decir que Schell es el que lo tiene más jodido porque a su personaje le toca hablar de la humillación y la miseria del pueblo alemán, que le llevaron a ser seducido por un psicópata demagogo y charlatán como Hitler, y le toca además demostrar que los alemanes no sabían nada de lo que estaba pasando en los campos. Lo tiene complicado, y tal vez por eso recurre al arrebato pasional y a la exaltación de las emociones. En cualquier caso, la actuación que menos me convence.
Judy Garland. La testigo de cargo. Increíblemente sobria y comedida para ser Garland. Su papel es corto pero sustancioso. Su personaje intenta mantener la dignidad en un interrogatorio duro destinado a hundirla y hacerla caer en contradicción. No hace ni un solo gesto de más ni tampoco de menos; está sencillamente perfecta.
Montgomery Clift. El testigo débil mental. Pobre Monty, le tocó el gordo con el papel pero se le va un poco de las manos. No termina de encontrar el punto medio en el que está la virtud. Su personaje es complicado porque al mismo tiempo tiene que resultar conmovedor, patético, indefenso, frágil e histérico. No lo consigue; a ratos se queda corto y a ratos se pasa siete pueblos. Lo tenía muy difícil, la verdad.
Stanley Kramer. El cocinero. Lo tenía chupado con estos ingredientes y con una opinión pública mundial completamente abrumada por los crímenes ominosos de la Alemania nazi. Y creo que de veras intenta mantener una cierta equidistancia, reflejada en el personaje éticamente impecable de Tracy. Nada que ver con el Kramer dislocado y demencial de "La herencia del viento", por ejemplo. Pero le pasa como a Monty, tampoco lo consigue. Al final queda la sensación de que la principal victoria de los vencedores siempre será que ellos se quedan con el inmenso poder de contar la historia a su manera.
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jueves, 17 de marzo de 2011
La herencia del viento, by Stanley Kramer
Conste, para empezar, que el creacionismo me parece una verdadera gilipollez y que no entiendo cómo nadie puede creer que el hombre surgió de un día para otro porque así lo quiso Dios; conste también que soy atea y que ya la misma existencia de Dios me parece una pura invención sólo apta para mentes infantiles. Y una vez dicho esto, debo decir que no he visto en mi vida una película más manipuladora y más descaradamente partidista, por más que la tesis que defiende sea la misma que podría defender yo.
Es descarado. Un defensor del evolucionismo reflexivo, racional y aplastantemente seguro de sí mismo frente a un temblororoso, histérico y totalmente desequilibrado defensor del creacionismo. Una panda de fanáticos que no digo yo que no representen a parte de esa América profunda que está ahí y que no se debe obviar, aunque sí se debe y se puede representar con algo más de vocación realista. Entiendo que es una película de los años 60, que está hecha para el público de la época y que tiene una clarísima vocación pedagógica y moralizante pero para el espectador moderno, algo más evolucionado, es auténtica basura panfletaria. Aunque un director me enfrente dos posturas radicalmente distintas y una sea claramente la racional frente al absurdo de la otra, yo quiero ver a personas normales a ambos lados, quiero a dos defensores a la misma altura, quiero que me hagan pensar sobre los motivos de unos y de otros. No me gustan las historias de buenos buenísimos y malos malísimos, o en este caso, de listos listísimos frente a tontos tontísimos. En fin, un planchazo gordo, porque además Spencer Tracy es uno de mis actores favoritos y me llevé un palo viéndolo hacer esta especie de alegato proevolucionista de muy dudosa calidad cinematográfica.
De Tracy no tengo nada que decir, sólo que su brillantez no sirve para salvar la película. Fredric March y el resto del reparto, desde el juez al reverendo (madre mía, el reverendo!) realizan unas clarísimas sobreactuaciones. Sus enloquecidas caras lo dicen todo.
En fin, supongo que es una película realizada para un público de mentalidad infantiloide y totalmente papanatas, pues sólo así puede entenderse este tipo de cine. En cuanto pones enfrente a un espectador medianamente adulto, no puede menos que espantarse.
Es descarado. Un defensor del evolucionismo reflexivo, racional y aplastantemente seguro de sí mismo frente a un temblororoso, histérico y totalmente desequilibrado defensor del creacionismo. Una panda de fanáticos que no digo yo que no representen a parte de esa América profunda que está ahí y que no se debe obviar, aunque sí se debe y se puede representar con algo más de vocación realista. Entiendo que es una película de los años 60, que está hecha para el público de la época y que tiene una clarísima vocación pedagógica y moralizante pero para el espectador moderno, algo más evolucionado, es auténtica basura panfletaria. Aunque un director me enfrente dos posturas radicalmente distintas y una sea claramente la racional frente al absurdo de la otra, yo quiero ver a personas normales a ambos lados, quiero a dos defensores a la misma altura, quiero que me hagan pensar sobre los motivos de unos y de otros. No me gustan las historias de buenos buenísimos y malos malísimos, o en este caso, de listos listísimos frente a tontos tontísimos. En fin, un planchazo gordo, porque además Spencer Tracy es uno de mis actores favoritos y me llevé un palo viéndolo hacer esta especie de alegato proevolucionista de muy dudosa calidad cinematográfica.
De Tracy no tengo nada que decir, sólo que su brillantez no sirve para salvar la película. Fredric March y el resto del reparto, desde el juez al reverendo (madre mía, el reverendo!) realizan unas clarísimas sobreactuaciones. Sus enloquecidas caras lo dicen todo.
En fin, supongo que es una película realizada para un público de mentalidad infantiloide y totalmente papanatas, pues sólo así puede entenderse este tipo de cine. En cuanto pones enfrente a un espectador medianamente adulto, no puede menos que espantarse.
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