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jueves, 11 de abril de 2013

El nadador, by Frank Perry


Esta película tiene un atractivo fundamental e indiscutible: Burt Lancaster, un tío de presencia imponente que a sus 53 años luce un cuerpazo 10 que ya quisiera para sí más de uno y más de dos pollinos de gimnasio diario. Toda la peli en bañador, mojadito, luciendo pedazo de biceps, triceps, piernas, espalda, culo… Ay omá!  

En fin, una vez derramadas las inevitables babas, vayamos a la crítica pura y dura de la película. Basada en un relato corto del escritor norteamericano John Cheever, ésta es una chorrada de campeonato con tintes claramente oníricos que lleva a la gran pantalla el director Frank Perry.

Como no he leído el relato base no sé hasta qué punto debemos la majadería a Perry, a Cheever o es fifty-fifty. La historia va de un tipo que va nadando de piscina en piscina mientras supuestamente va desvelando las miserias de la sociedad burguesa en la que se mueve. Él entra en los jardines de sus vecinos y dice tal que así:

“Muy buenas, que me voy a pegar un chapuzón en tu piscina, que quiero llegar a mi casa nadando”

A lo que sus vecinos responden: "Ah, pues nada, hombre, nada." (Aclaración: La primera nada es de nada de nada y la segunda es de nadar)

Y así de casa en casa, nadando voy nadando vengo, y por el camino yo me entretengo. Cómo se entretiene? Pues charlando con los propietarios de las piscinas, con la mayoría de los cuales no parece llevarse muy bien que digamos. Al que no le debe pasta le debe un par de explicaciones y con casi todas las señoras parece haber tenido un túyamentiendes con final turbulento. En fin, que a través de esas charletas en bañador nos vamos enterando de que el tipo es un prenda de cuidado: fantasmón, moroso, mujeriego, mal padre… un desastre, vamos.

Y entre otras muchas preguntas, una se plantea: “pero este tío cuándo coño va a llegar a su casa?”, porque parece que no va a llegar nunca. Pero no, al final sí que llega. Y supongo que ese final debería de ser la apoteosis de la película, una especie de respuesta a todos los interrogantes. Lo que pasa es que a mí me pareció simple y llanamente el final chorra de una grandísima chorrada.  Vamos, que el tipo nada y nada y nada para nada (Las 3 primeras nadas de nadar y la última de nada de nada)

miércoles, 21 de noviembre de 2012

¿Vencedores o vencidos? (El juicio de Nuremberg), by Stanley Kramer


Spencer Tracy. El juez que juzga. Lleva la honradez pintada en la faz, y una intención clara de hacer justicia de forma implacable. Intenta comprender de verdad cómo un país entero pudo ser abducido por un fanático como Hitler hasta el punto de consentir millones de asesinatos a sangre fría. Tracy, con su habitual sobriedad y sencillez, hace honor a la bonhomía del personaje y lo borda.

Burt Lancaster. El juez juzgado. Si el protagonista indiscutible debía haber sido Tracy, Burt Lancaster aparece en pantalla y se lo merienda sólo con la mirada. Durante casi toda la película Lancaster no hace un solo gesto, no mueve un músculo de su cara. Eso sí, su mirada profunda y digna lo dice todo. Cuando decide hablar, su testimonio es probablemente el más demoledor de todos.

Richard Widmark. El fiscal. Le toca la parte chula: demostrar la culpabilidad de unos individuos que han cometido un crimen abominable, espanto de toda la humanidad. Widmark está contenido, su personaje no hace demasiada sangre, sus interrogatorios son exhaustivos y finos pero no se permite dejarse llevar por el paroximo.

Maximilian Schell. El abogado defensor. Oscar al mejor actor.  Una vez más Hollywood premia la sobreactuación y el frenesí interpretativo. En su favor hay que decir que Schell es el que lo tiene más jodido porque a su personaje le toca hablar de la humillación y la miseria del pueblo alemán, que le llevaron a ser seducido por un psicópata demagogo y charlatán como Hitler, y le toca además demostrar que los alemanes no sabían nada de lo que estaba pasando en los campos. Lo tiene complicado, y tal vez por eso recurre al arrebato pasional y a la exaltación de las emociones. En cualquier caso, la actuación que menos me convence.

Judy Garland. La testigo de cargo. Increíblemente sobria y comedida para ser Garland. Su papel es corto pero sustancioso. Su personaje intenta mantener la dignidad en un interrogatorio duro destinado a hundirla y hacerla caer en contradicción. No hace ni un solo gesto de más ni tampoco de menos; está sencillamente perfecta.

Montgomery Clift. El testigo débil mental. Pobre Monty, le tocó el gordo con el papel pero se le va un poco de las manos. No termina de encontrar el punto medio en el que está la virtud. Su personaje es  complicado porque al mismo tiempo tiene que resultar conmovedor, patético, indefenso, frágil e histérico. No lo consigue; a ratos se queda corto y a ratos se pasa siete pueblos. Lo tenía muy difícil, la verdad.

Stanley Kramer. El cocinero. Lo tenía chupado con estos ingredientes y con una opinión pública mundial completamente abrumada por los crímenes ominosos de la Alemania nazi. Y creo que de veras intenta mantener una cierta equidistancia, reflejada en el personaje éticamente impecable de Tracy. Nada que ver con el Kramer dislocado y demencial de "La herencia del viento",  por ejemplo. Pero le pasa como a Monty, tampoco lo consigue. Al final queda la sensación de que la principal victoria de los vencedores siempre será que ellos se quedan con el inmenso poder de contar la historia a su manera.