Si hacemos un mix con lo que podríamos denominar como "cine matrimonial" y el "cine de carretera" de toda la vida (road movie para los amigos de lo anglosajón) nos damos de bruces con esta película, que es además el resultado de otra confluencia de dimensiones estelares, la del trío Donen-Hepburn-Mancini.
Donen, un tipo que supo convertir el cine en magia; Hepburn, una mujer que convirtió la belleza en hechizo; y Mancini, un compositor que hizo de la música un ejercicio de prestidigitación. Tres eran tres los hijos de Atenea.
Ésta es una película de culto, sobre todo para los amantes de la Hepburn y para los fans incondicionales de Mancini, cuya música nunca deja indiferente, para bien o para mal. Hay quien flipa con él y hay a quien le irrita. Yo soy de las primeras, y además creo que la fusión de estos tres personajes míticos no se la puede perder cualquier amante del séptimo arte.
Y una vez dicho todo esto para que no quede la menor duda de mi rendida admiración hacia los artífices del film, tengo que decir que...
VAYA MIERDA DE PELÍCULA!
Cómo es posible que un director, una actriz y un músico como ellos hayan parido este bodrio?
Quién eligió a ese horrible actor que parece el alter ego de Donald Trump con 25 años menos?
Qué pudo ver una mujer como Hepburn en ese mamarracho?
Dónde está el supuesto feeling entre ellos?
Y sobre todo...
CÓMO PUEDE QUEDARSE HEPBURN AL FINAL CON ESE GAÑÁN?
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lunes, 22 de abril de 2019
martes, 15 de septiembre de 2015
La calumnia, by William Wyler
Lo primero que tengo que decir sobre esta película es manifestar mi más rendido homenaje hacia sus dos actrices protagonistas. Mira que soy acérrima de Audrey Hepburn y Shirley MacLaine, pero aquí están sencillamente sublimes. Yo, que también soy muy fan de los calendarios anuales que publica la revista Fotogramas, no me explico cómo es que nunca he visto un solo fotograma de “La calumnia” entre ellos. Hay escenas impresionantes, primeros planos de Hepburn y MacLaine que deberían figurar para siempre en todas las antologías del cine y frases memorables que harían estremecer de emoción a una piedra pómez.
Y una vez hecha esta premisa necesaria, voy al fondo de la cuestión, que no es otro que el tema de la película. Para mí ésta no es una historia sobre la homosexualidad y los prejuicios sobre ella, aunque en todas las críticas ése sea el concepto que más se destaque de ella. Para mí ése es un tema completamente secundario; el mismo efecto hubiese hecho cualquier otro tema tabú de la época o de cualquier otra época. No sé, las drogas, la pederastia, los malos tratos… El hecho de que la calumnia de la que son víctimas las protagonistas sea una relación lésbica en todo caso dota a la película de un cierto morbillo pero nada más. Esto no va de ese tema; esto va de la maldad y de cómo un rumor, un bulo, una mentira, pueden destruir las vidas de las personas y socavar los cimientos de toda su existencia, incluso hacer temblar lo que parecía más sólido y resistente.
Por una vez, y ojalá sirviera de precedente, el título de la versión española me parece mucho más acertado que el original, que es “The children’s hour”, título gilipollesco donde los haya porque esto no puede tener mejor nombre que lo que es toda la película, la denuncia de una calumnia como la copa de un pino. El proceso público al que son sometidas las dos maestras denunciadas soterradamente por una alumna malvada, vengativa y malcriada es tan espeluznante que una no puede evitar las comparaciones con otros juicios públicos sobradamente conocidos de los que somos testigos a diario en nuestra decadente sociedad. Y ya el punto de enjuiciamiento exprés al que hemos llegado con las redes sociales y los desbarres que en ellas se producen sería el mejor ejemplo de hasta dónde se puede llegar con una simple infamia que se suelte acerca de una persona.
Como ya dije antes, la película tiene momentos realmente impactantes, cinematográficamente magistrales: la cara de Hepburn cuando corre hacia la casa, la escena final en el cementerio saliendo altiva y majestuosa con todos los calumniadores alrededor, la confesión de MacLaine… Por diossss, qué dos tías más guapas y qué pedazo de actrices!
Es verdad que hay momentos en los que a Wyler se le pasa un pelín la mano con el melodrama, pero en general procura mantener una contención argumental poco frecuente en los dramones de la época. Sólo hay una escena que para mí es un puro desbarre, que inevitablemente estropea bastante el conjunto y que paso a contar en espoiler para que el que no quiera leerla se la salte.
Y una vez hecha esta premisa necesaria, voy al fondo de la cuestión, que no es otro que el tema de la película. Para mí ésta no es una historia sobre la homosexualidad y los prejuicios sobre ella, aunque en todas las críticas ése sea el concepto que más se destaque de ella. Para mí ése es un tema completamente secundario; el mismo efecto hubiese hecho cualquier otro tema tabú de la época o de cualquier otra época. No sé, las drogas, la pederastia, los malos tratos… El hecho de que la calumnia de la que son víctimas las protagonistas sea una relación lésbica en todo caso dota a la película de un cierto morbillo pero nada más. Esto no va de ese tema; esto va de la maldad y de cómo un rumor, un bulo, una mentira, pueden destruir las vidas de las personas y socavar los cimientos de toda su existencia, incluso hacer temblar lo que parecía más sólido y resistente.
Por una vez, y ojalá sirviera de precedente, el título de la versión española me parece mucho más acertado que el original, que es “The children’s hour”, título gilipollesco donde los haya porque esto no puede tener mejor nombre que lo que es toda la película, la denuncia de una calumnia como la copa de un pino. El proceso público al que son sometidas las dos maestras denunciadas soterradamente por una alumna malvada, vengativa y malcriada es tan espeluznante que una no puede evitar las comparaciones con otros juicios públicos sobradamente conocidos de los que somos testigos a diario en nuestra decadente sociedad. Y ya el punto de enjuiciamiento exprés al que hemos llegado con las redes sociales y los desbarres que en ellas se producen sería el mejor ejemplo de hasta dónde se puede llegar con una simple infamia que se suelte acerca de una persona.
Como ya dije antes, la película tiene momentos realmente impactantes, cinematográficamente magistrales: la cara de Hepburn cuando corre hacia la casa, la escena final en el cementerio saliendo altiva y majestuosa con todos los calumniadores alrededor, la confesión de MacLaine… Por diossss, qué dos tías más guapas y qué pedazo de actrices!
Es verdad que hay momentos en los que a Wyler se le pasa un pelín la mano con el melodrama, pero en general procura mantener una contención argumental poco frecuente en los dramones de la época. Sólo hay una escena que para mí es un puro desbarre, que inevitablemente estropea bastante el conjunto y que paso a contar en espoiler para que el que no quiera leerla se la salte.
spoiler:
Cuando las niñas cuentan a la abuela lo que vieron y son interrogadas por el doctor para intentar esclarecer la verdad, la evidencia de que una de las niñas está chantajeando a la otra y de que ésta confiesa que ha visto lo que no ha visto presionada y prácticamente torturada es tan obvia y tan descarada que no es posible que nadie pudiera creer ni una palabra de esa confesión forzada.
En principio la muchacha niega haber visto nada pero luego la otra, la mala malísima con una cara de niña psicópata y demoníaca que no se aguanta, se sienta al lado y poco menos que le dice públicamente que si no ha dicho que ha visto lo que ella le diga que le contará a todo el mundo su secreto. La otra entra en estado de shock y en pleno ataque de histeria dice chillando que sí que lo vio, y a nadie de los presentes, incluídas las dos maestras víctimas de la infamia, se le ocurre pensar que la chiquilla ha estado pelín presionadilla para confesar. En fin, una escena lamentable que no tiene nada que ver con el nivel del resto la película.
En principio la muchacha niega haber visto nada pero luego la otra, la mala malísima con una cara de niña psicópata y demoníaca que no se aguanta, se sienta al lado y poco menos que le dice públicamente que si no ha dicho que ha visto lo que ella le diga que le contará a todo el mundo su secreto. La otra entra en estado de shock y en pleno ataque de histeria dice chillando que sí que lo vio, y a nadie de los presentes, incluídas las dos maestras víctimas de la infamia, se le ocurre pensar que la chiquilla ha estado pelín presionadilla para confesar. En fin, una escena lamentable que no tiene nada que ver con el nivel del resto la película.
viernes, 9 de agosto de 2013
Charada, by Stanley Donen
- Hola, qué tal. Me llamo Audrey Hepburn y soy un icono de la belleza, la elegancia y la delgadez.
- Hola, yo me llamo Cary Grant y estoy como un quesito gruyere a pesar de mi provecta edad.
- Hola, yo me llamo Stanley Donen, soy director de cine y normalmente hago musicales pero estoy pensando cambiar de tercio.
- Y en qué ha pensado exactamente, Donen?
- Pues estaba pensando en algo de intriga pero con un toque romántico. Un muerto, un dinero desaparecido, cinco personas buscándolo, una historia de amor... lo típico.
- Uysssss, qué bien. Yo me apunto pero sólo si ella es rica y la viste Givenchy.
- Yo también, pero sólo si él es un dandy, lleva trajes a medida y cena todas las noches en los mejores restaurantes de París.
- Ah, y yo quiero que ella coma muchísimo, constantemente, pero que nunca engorde. Ya que en la vida real sólo puedo permitirme un tomate al´día y tres pepinillos de guarnición por lo menos que mi personaje coma a gusto.
- Pero eso es imposible, Miss Hepburn. Cuando la gente come muchísimo engorda. Es ley de vida.
- Bueno, el director es usted y por lo visto es experto en musicales. Hágalo posible. Le parece acaso normal que la gente cante constantemente por la calle?
- Hummmmmm, bueno, visto así, quizás podríamos arreglarlo.
- Ah, pues yo quiero que mi personaje se quede colgado de un tejado agarrándose sólo con las uñas y luego con un pequeño impulso y sin despeinarse se incorpore sin problemas de nuevo al tejado.
- Pero... Mister Grant, eso es imposible. Tiene usted casi 70 años. Nadie lo creerá.
- Ah, y usted cree que la gente canta bajo la lluvia con el paraguas en los pies y no se moja? O que siete hermanos medio gilipollas pueden encontrar siete novias dispuestas a casarse con ellos cuando se pasan el día bailoteando y haciendo el imbécil?
- Bueeeeeeno, vaaaaale, tendrá usted su escena del tejado. Algún antojo más?
- Huuuummmmm, qué tal si llamamos a la película MAMARRACHADA.
- Hola, yo me llamo Cary Grant y estoy como un quesito gruyere a pesar de mi provecta edad.
- Hola, yo me llamo Stanley Donen, soy director de cine y normalmente hago musicales pero estoy pensando cambiar de tercio.
- Y en qué ha pensado exactamente, Donen?
- Pues estaba pensando en algo de intriga pero con un toque romántico. Un muerto, un dinero desaparecido, cinco personas buscándolo, una historia de amor... lo típico.
- Uysssss, qué bien. Yo me apunto pero sólo si ella es rica y la viste Givenchy.
- Yo también, pero sólo si él es un dandy, lleva trajes a medida y cena todas las noches en los mejores restaurantes de París.
- Ah, y yo quiero que ella coma muchísimo, constantemente, pero que nunca engorde. Ya que en la vida real sólo puedo permitirme un tomate al´día y tres pepinillos de guarnición por lo menos que mi personaje coma a gusto.
- Pero eso es imposible, Miss Hepburn. Cuando la gente come muchísimo engorda. Es ley de vida.
- Bueno, el director es usted y por lo visto es experto en musicales. Hágalo posible. Le parece acaso normal que la gente cante constantemente por la calle?
- Hummmmmm, bueno, visto así, quizás podríamos arreglarlo.
- Ah, pues yo quiero que mi personaje se quede colgado de un tejado agarrándose sólo con las uñas y luego con un pequeño impulso y sin despeinarse se incorpore sin problemas de nuevo al tejado.
- Pero... Mister Grant, eso es imposible. Tiene usted casi 70 años. Nadie lo creerá.
- Ah, y usted cree que la gente canta bajo la lluvia con el paraguas en los pies y no se moja? O que siete hermanos medio gilipollas pueden encontrar siete novias dispuestas a casarse con ellos cuando se pasan el día bailoteando y haciendo el imbécil?
- Bueeeeeeno, vaaaaale, tendrá usted su escena del tejado. Algún antojo más?
- Huuuummmmm, qué tal si llamamos a la película MAMARRACHADA.
viernes, 19 de julio de 2013
Historia de una monja, by Fred Zinnemann
Fred Zinnemann en "Historia de una Monja" hace el retrato más demoledor que yo haya visto jamás de lo que es el fundamentalismo religioso. Nadie nunca antes ni después ha sabido reflejar tan cruda y fielmente lo que es una religión y cómo funciona por dentro.
Toda la primera parte es francamente aterradora. La imagen más impactante es el contraste entre la belleza intacta de las jóvenes postulantes y la fealdad manifiesta de las monjas ya consagradas. Si la cara es el espejo del alma, no hay metáfora más reveladora de la degradación del alma humana cuando se somete al sectarismo. Nunca Audrey Hepburn fue tan preciosa ni su belleza resaltó más, entre tanto adefesio con hábito. Los primeros planos de las caras de monjas y novicias son sumamente elocuentes y la fotografía de Franz Planer es sencillamente impresionante.
Hay momentos verdaderamente pavorosos: las novicias en fila india haciendo acto de contrición "Yo me acuso", torturándose por las cosas más peregrinas: "se me derramó un vaso de agua, tuve un momento de vanidad porque me sentí orgullosa de algo"... Los mantras, las letanías, el tirarse al suelo boca abajo para penitenciar... Qué diferencia hay con el islamismo más fundamentalista?
Lo más tremendo es cómo se trabaja la negación de la persona, cómo se crean cuerpos sin alma, sin sentimientos, sin recuerdos, sin familia, sin afectos, sin empatías. Prohibido sentir, prohibido pensar, prohibido relacionarse, prohibido hablar (el gran silencio es sagrado), prohibido mirar, prohibido leer, prohibido todo...
Qué clase de religión es capaz de preguntarle a alguien para que demuestre su lealtad: "Está dispuesta a suspender su examen como nuestra de humildad?" Pues la misma en la que está escrito que un padre debería cortarle la cabeza a su propio hijo para satisfacer a su Dios en señal de obediencia suprema. Una religión diseñada por tarados para tarados.
Por lo demás la sola visión de las monjas en El Congo con sus torturantes vestimentas produce calor, picor, piojos, peste bubónica y auténticos espasmos al espectador más o menos normal. Sólo imaginar las bochornosas temperaturas a las que esas criaturas tenían que hacer frente con semejantes hábitos, sin poder enseñar ni media pierna, sin transpirar por la cabeza, ni por el cuello, con esa especie de venda mortuoria pegada al cuerpo todo el día... Y decimos del velo islámico... Madre mía, el velo islámico es un suave trapito de seda al lado de esa mortaja.
Y junto con el bochorno y la angustia, se siente una tremenda indignación y pena por las personas que creen hacer un bien renunciando a su cuerpo, a su pensamiento, a su capacidad de decidir, a su propia entidad, para entregarse a una obediencia ciega que puede mandar cualquier cosa y castigar de cualquier manera en nombre de vete tú a saber qué oscuros deseos divinos.
Es un sometimiento tan aberrante que sólo se puede sentir verdadera alegría de que esa absurda religión que ha convertido a tantas personas en meras máquinas de obedecer esté en proceso de extinción. Bueno, ésa y todas las demás, porque demostrado está: las religiones, todas, son unos de los males mayores de la humanidad, y junto con el dinero están detrás de prácticamente todas las guerras y todos los conflictos del mundo. Por no hablar de su concepto de la mujer como ente subordinado siempre a los deseos del hombre disfrazados de mandato divino.
Gracias, Fred Zinnemann por mostrarnos lo que es una secta en toda su monstruosidad. Por no ahorrarnos ni un detalle. Por dejarnos ver toda la anulación que conlleva el seguimiento de sus normas, por hacernos sentir el horror en nuestras propias carnes, así como el calor, la angustia, el sofoco y la agonía de esas pobres mujeres que creen que negándose a sí mismas están entregando su vida a dios. Y gracias, Franz Planer, por esas fotografías inmensas de rostros de mujeres que lo dicen todo. Y sobre todo gracias a Audrey Hepburn, por prestar sus preciosos rasgos para representar la viva imagen de la rebeldía, la autenticidad y la afirmación de la persona frente al fanatismo y la sinrazón.
Toda la primera parte es francamente aterradora. La imagen más impactante es el contraste entre la belleza intacta de las jóvenes postulantes y la fealdad manifiesta de las monjas ya consagradas. Si la cara es el espejo del alma, no hay metáfora más reveladora de la degradación del alma humana cuando se somete al sectarismo. Nunca Audrey Hepburn fue tan preciosa ni su belleza resaltó más, entre tanto adefesio con hábito. Los primeros planos de las caras de monjas y novicias son sumamente elocuentes y la fotografía de Franz Planer es sencillamente impresionante.
Hay momentos verdaderamente pavorosos: las novicias en fila india haciendo acto de contrición "Yo me acuso", torturándose por las cosas más peregrinas: "se me derramó un vaso de agua, tuve un momento de vanidad porque me sentí orgullosa de algo"... Los mantras, las letanías, el tirarse al suelo boca abajo para penitenciar... Qué diferencia hay con el islamismo más fundamentalista?
Lo más tremendo es cómo se trabaja la negación de la persona, cómo se crean cuerpos sin alma, sin sentimientos, sin recuerdos, sin familia, sin afectos, sin empatías. Prohibido sentir, prohibido pensar, prohibido relacionarse, prohibido hablar (el gran silencio es sagrado), prohibido mirar, prohibido leer, prohibido todo...
Qué clase de religión es capaz de preguntarle a alguien para que demuestre su lealtad: "Está dispuesta a suspender su examen como nuestra de humildad?" Pues la misma en la que está escrito que un padre debería cortarle la cabeza a su propio hijo para satisfacer a su Dios en señal de obediencia suprema. Una religión diseñada por tarados para tarados.
Por lo demás la sola visión de las monjas en El Congo con sus torturantes vestimentas produce calor, picor, piojos, peste bubónica y auténticos espasmos al espectador más o menos normal. Sólo imaginar las bochornosas temperaturas a las que esas criaturas tenían que hacer frente con semejantes hábitos, sin poder enseñar ni media pierna, sin transpirar por la cabeza, ni por el cuello, con esa especie de venda mortuoria pegada al cuerpo todo el día... Y decimos del velo islámico... Madre mía, el velo islámico es un suave trapito de seda al lado de esa mortaja.
Y junto con el bochorno y la angustia, se siente una tremenda indignación y pena por las personas que creen hacer un bien renunciando a su cuerpo, a su pensamiento, a su capacidad de decidir, a su propia entidad, para entregarse a una obediencia ciega que puede mandar cualquier cosa y castigar de cualquier manera en nombre de vete tú a saber qué oscuros deseos divinos.
Es un sometimiento tan aberrante que sólo se puede sentir verdadera alegría de que esa absurda religión que ha convertido a tantas personas en meras máquinas de obedecer esté en proceso de extinción. Bueno, ésa y todas las demás, porque demostrado está: las religiones, todas, son unos de los males mayores de la humanidad, y junto con el dinero están detrás de prácticamente todas las guerras y todos los conflictos del mundo. Por no hablar de su concepto de la mujer como ente subordinado siempre a los deseos del hombre disfrazados de mandato divino.
Gracias, Fred Zinnemann por mostrarnos lo que es una secta en toda su monstruosidad. Por no ahorrarnos ni un detalle. Por dejarnos ver toda la anulación que conlleva el seguimiento de sus normas, por hacernos sentir el horror en nuestras propias carnes, así como el calor, la angustia, el sofoco y la agonía de esas pobres mujeres que creen que negándose a sí mismas están entregando su vida a dios. Y gracias, Franz Planer, por esas fotografías inmensas de rostros de mujeres que lo dicen todo. Y sobre todo gracias a Audrey Hepburn, por prestar sus preciosos rasgos para representar la viva imagen de la rebeldía, la autenticidad y la afirmación de la persona frente al fanatismo y la sinrazón.
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