Decidí ver esta película de John Ford no por su condición de clásico, ni por estar considerada una obra maestra de su director, ni siquiera por ver el paisaje irlandés que tanto me fascina, aunque confieso que esto último sí influyó un poco; decidí verla fundamentalmente porque leí algunas críticas feroces sobre el machismo imperante en el film. Hay por ahí hasta quien, en el colmo del paroxismo, la cataloga dentro de la apología de la "violencia de género". Y yo cuando veo tanto "indignado" reconozco que me pico, así que fui irremisiblemente turbopropulsada hacia Innisfree.
Pues como me temía, falsa alarma; otra paranoia de los forofos de la tontería de género. En todo caso, si alguna violencia de ese tipo se ve en la película es contra el género masculino, porque el pobre John Wayne se pasa todo el tiempo recibiendo bofetadas, empujones, desplantes, miradas furibundas e insultos de cobarde y pocomacho por parte de una Maureen O'Hara en estado de memez absoluta. Para colmo O'Hara interpreta a una dama que considera que antes de practicar el sexo conviene jugar un rato al pilla pilla, por lo que se pasa toda la película correteando de un lado a otro con el pobre Wayne todo desesperado persiguiéndola y haciendo maratones con el sano propósito de retozar con ella a posteriori. Eso sí es maltrato y lo demás es tontería.
Dice Carlos Boyero que, junto con "El apartamento" y "El buscavidas", ésta es una de sus tres películas favoritas. En fin, yo ya de Boyero me lo espero todo; no me extrañaría que fuera también uno de esos individuos que necesita hacer los 3.000 metros vallas antes del refocile. Sólo así se explica ese entusiasmo incomprensible por esta historia de cartón piedra que provoca más sopor y estupor que otra cosa. Yo a la gente cada vez la comprendo menos; que esto sobrepase el 8 de nota media me deja completamente patidifusa. En serio hemos visto todos la misma película?
jueves, 29 de septiembre de 2011
martes, 27 de septiembre de 2011
Dos hombres y un destino, by George Roy Hill
Los dos hombres, sin parangón, diseñados específicamente para estimular las glándulas salivares femeninas y el consiguiente babeo. El destino ya es otra cosa. Es un destino tramposillo y pelín favorable a los dos hombres. Demasiados enemigos detrás y demasiada buena suerte; bueno, y demasiada mala suerte la de los enemigos, que caen como moscas.
Lo malo de la peli es que es un western-fusión, pero western a fin de cuentas. Y como tal repite tooooodos los esquemas del western tradicional y se convierte a ratos en una pesadez sin límites y a ratos en la típica exhibición de tiro a la nada con el resultado habitual de 0 muertos por un lado y tropecientosmil por el otro. Que sí, que al que le vaya el rollo, genial, pero a los que hemos tragado mucho Far West y seguimos sin verle el puntito, ni fu ni fa.
Lo bueno de la peli... hombre, pues sin duda los dos hombres. Su complicidad, su camaradería, su indudable feeling; que son guapos de romperse, de cagarse y de morirse; que sólo por mirarlos durante dos horas merece la pena hasta tragarse un western; algunas escenas para el recuerdo (el salto al vacío en los acantilados, el paseíto-videoclip en bici de Paul, la escena final...). Y sobre todo el efecto afrodisíaco. Si yo fuera un señor y quisiera mojar con cierto grado de certeza una noche ésta es exactamente la pócima mágica. Un consejo; olvídense del porno, caballeros. Para cualquier tía de pro el porno auténtico es "2 hombres y un destino". Éxito garantizado. Eso sí, luego por favor, apaguen la luz para consumar; las comparaciones pueden ser odiosas.
Lo malo de la peli es que es un western-fusión, pero western a fin de cuentas. Y como tal repite tooooodos los esquemas del western tradicional y se convierte a ratos en una pesadez sin límites y a ratos en la típica exhibición de tiro a la nada con el resultado habitual de 0 muertos por un lado y tropecientosmil por el otro. Que sí, que al que le vaya el rollo, genial, pero a los que hemos tragado mucho Far West y seguimos sin verle el puntito, ni fu ni fa.
Lo bueno de la peli... hombre, pues sin duda los dos hombres. Su complicidad, su camaradería, su indudable feeling; que son guapos de romperse, de cagarse y de morirse; que sólo por mirarlos durante dos horas merece la pena hasta tragarse un western; algunas escenas para el recuerdo (el salto al vacío en los acantilados, el paseíto-videoclip en bici de Paul, la escena final...). Y sobre todo el efecto afrodisíaco. Si yo fuera un señor y quisiera mojar con cierto grado de certeza una noche ésta es exactamente la pócima mágica. Un consejo; olvídense del porno, caballeros. Para cualquier tía de pro el porno auténtico es "2 hombres y un destino". Éxito garantizado. Eso sí, luego por favor, apaguen la luz para consumar; las comparaciones pueden ser odiosas.
lunes, 26 de septiembre de 2011
La duquesa, by Saul Dibb
Aunque la petarda se vista de seda, petarda se queda. Y petarda es la protagonista de esta película, como lo fue su descendiente, la desgraciada e inolvidable petarda por excelencia, la difunta Lady Di, que en paz descanse. En esta historia se recrea una turbia relación matrimonial entre personajes de la nobleza aderezada por la presencia del tercer elemento en discordia que da lugar a un apasionante triángulo amoroso. Os suena de algo? Pues sí, de tal palo tal astilla y en esta familia parece que la gilipollez es hereditaria.
Nunca he simpatizado con el personaje de lady Di, y sí con el del pobre príncipe Charles, que se vio obligado a soportar durante buena parte de su vida los desbarres de la princesa del pueblo y sus desvaríos emocionales. Pero vamos, si hubiera simpatizado con ella lo más mínimo, viendo ayer la soberana estupidez de su antepasada la duquesa de Devonshire y los afanes de su desgraciado marido por intentar hacerle entender lo que es un matrimonio de conveniencia y lo poquito que tiene que ver con el amor, todas mis simpatías se hubieran ido al carajo ipso facto.
Luego está el personaje de Camille, esa mujer que sí sabe dónde tiene que estar y cuál es su papel y que ni pide ni intenta ser otra cosa. Por supuesto un bálsamo de paz y felicidad en las vidas de estos desdichados hombres que tuvieron la desgracia de casarse con señoras enajenadas y enamoradas del amor. En el caso de la película, la Camille del Siglo XVIII es lady Bless Foster, el contrapunto intelectual y emocional de la desequilibrada duquesa. En definitiva, historia de petardas que encantará a todas las petardas como ellas. Eso sí, Ralph Fiennes, mi adorado Ralph, se sale en su papel de flemático y gélido noble inglés. Por contra, a Keira Knightley dan ganas de ahorcarla con una soga de esparto durante todo el metraje.
Nunca he simpatizado con el personaje de lady Di, y sí con el del pobre príncipe Charles, que se vio obligado a soportar durante buena parte de su vida los desbarres de la princesa del pueblo y sus desvaríos emocionales. Pero vamos, si hubiera simpatizado con ella lo más mínimo, viendo ayer la soberana estupidez de su antepasada la duquesa de Devonshire y los afanes de su desgraciado marido por intentar hacerle entender lo que es un matrimonio de conveniencia y lo poquito que tiene que ver con el amor, todas mis simpatías se hubieran ido al carajo ipso facto.
Luego está el personaje de Camille, esa mujer que sí sabe dónde tiene que estar y cuál es su papel y que ni pide ni intenta ser otra cosa. Por supuesto un bálsamo de paz y felicidad en las vidas de estos desdichados hombres que tuvieron la desgracia de casarse con señoras enajenadas y enamoradas del amor. En el caso de la película, la Camille del Siglo XVIII es lady Bless Foster, el contrapunto intelectual y emocional de la desequilibrada duquesa. En definitiva, historia de petardas que encantará a todas las petardas como ellas. Eso sí, Ralph Fiennes, mi adorado Ralph, se sale en su papel de flemático y gélido noble inglés. Por contra, a Keira Knightley dan ganas de ahorcarla con una soga de esparto durante todo el metraje.
viernes, 23 de septiembre de 2011
Huracán Carter, by Norman Jewison
Esta madrugada fue legalmente asesinado en los United States of America el ciudadano Troy Davis, un negro estadounidense de 42 años sentenciado a muerte por matar a un policía blanco en 1989. El caso de Davis fue presentado por su defensa como el prototipo del negro condenado injustamente por la muerte de un blanco, y ha reabierto el debate sobre la pena de muerte en EEUU. Cientos de personas se congregaron a las afueras de la cárcel de Jackson (Georgia) para pedir clemencia. Siete de los nueve testigos que declararon en su contra en el juicio se retractaron posteriormente, según su defensa. El propio Davis estaba dispuesto a someterse a un detector de mentiras para probar su inocencia.
Huracán Carter cuenta una historia muy similar. Un boxeador negro, con una brillante carrera en ciernes, que es injustamente acusado y condenado por el asesinato de 3 personas en un bar de Nueva Jersey. Y es un hecho real, como el de Troy Davis. Una realidad que sigue ahí, dura, implacable y testaruda. Si en Nueva Jersey hubiera existido la pena de muerte probablemente hoy Huracán Carter no podría contarlo. Más de 20 años en una cárcel por unos crímenes que luego se demuestra que no pudieron ser cometidos por ti. Afortunadamente en este caso, aunque tarde, se pudo hacer justicia; Troy Davis no ha tenido esa oportunidad.
A pesar de la apasionante historia y de la escalofriante interpretación de Denzel Washington (lástima que aquel año compitiera por el Oscar con Kevin Spacey en "American beauty", que se lo llevó, y con Edward Norton en "American History X"), la película adolece de una serie de fallos que la desvalorizan en gran medida: la innecesaria presencia del personaje racista cuyo único objetivo es el ajuste de cuentas con Carter es completamente inverosímil, así como la extraña relación entre el muchacho negro y sus tres amigos canadienses con el preso, que no queda suficientemente aclarada y que suena a falsa y forzada. Con todo, una cinta interesante y una historia espeluznante, por cuanto sabemos que ni es la primera ni será la última.
Huracán Carter cuenta una historia muy similar. Un boxeador negro, con una brillante carrera en ciernes, que es injustamente acusado y condenado por el asesinato de 3 personas en un bar de Nueva Jersey. Y es un hecho real, como el de Troy Davis. Una realidad que sigue ahí, dura, implacable y testaruda. Si en Nueva Jersey hubiera existido la pena de muerte probablemente hoy Huracán Carter no podría contarlo. Más de 20 años en una cárcel por unos crímenes que luego se demuestra que no pudieron ser cometidos por ti. Afortunadamente en este caso, aunque tarde, se pudo hacer justicia; Troy Davis no ha tenido esa oportunidad.
A pesar de la apasionante historia y de la escalofriante interpretación de Denzel Washington (lástima que aquel año compitiera por el Oscar con Kevin Spacey en "American beauty", que se lo llevó, y con Edward Norton en "American History X"), la película adolece de una serie de fallos que la desvalorizan en gran medida: la innecesaria presencia del personaje racista cuyo único objetivo es el ajuste de cuentas con Carter es completamente inverosímil, así como la extraña relación entre el muchacho negro y sus tres amigos canadienses con el preso, que no queda suficientemente aclarada y que suena a falsa y forzada. Con todo, una cinta interesante y una historia espeluznante, por cuanto sabemos que ni es la primera ni será la última.
martes, 20 de septiembre de 2011
El mensajero, by Joseph Losey
"Qué es el galanteo? Hay algo más que los besos, no? Tiene que haberlo". Éstas y otras preguntas por el estilo son las que se plantea el niño protagonista de esta película ambientada en los inicios del siglo XX. Unas preguntas que hoy en día nos suenan a chino porque no existe un solo niño de 13 años, que es la edad del chaval éste, que llame galanteo a lo que es el mero follar y que no sepa con pelos y señales qué hay después de los besos.
Es lo que tienen estas historias de época situadas en la vieja Inglaterrra, con sus trajes maravillosos, sus señoras con sombreros inmensos y sombrillas, sus cuartos de fumar para los caballeros, sus partidos de criquet, sus cenas de etiqueta, sus fantásticos palacios y ese formalismo social y moral que oculta a menudo intensas y secretas pasiones. Son historias que suenan a otro mundo, ni siquiera a otra época, sino a cosa de extraterrestres. Esos niños preguntando cosas como si hay algo más después de los besos han existido alguna vez?
La peli es preciosista, muy cuidada en todos sus detalles; la fotografía maravillosa, el vestuario y la ambientación impecables y los diálogos buenísimos. La escena del partído de criquet con su posterior fiesta es para pasar a la antología del cine de época, una auténtica hermosura. Y las interpretaciones de la etérea Julie Christie, de ese enorrrme Sir Alan Bates, qué ojos, qué presencia, qué apostura, diossss, qué hombre.... Por no hablar de la grandísima Margaret Leighton, que fue muy justamente nominada al Oscar por este papel. Sólo chirría un poco la música de Michel Legrand, que más parece ideada para un spaguetti Western que para un drama clásico. En general, muy recomendable.
Es lo que tienen estas historias de época situadas en la vieja Inglaterrra, con sus trajes maravillosos, sus señoras con sombreros inmensos y sombrillas, sus cuartos de fumar para los caballeros, sus partidos de criquet, sus cenas de etiqueta, sus fantásticos palacios y ese formalismo social y moral que oculta a menudo intensas y secretas pasiones. Son historias que suenan a otro mundo, ni siquiera a otra época, sino a cosa de extraterrestres. Esos niños preguntando cosas como si hay algo más después de los besos han existido alguna vez?
La peli es preciosista, muy cuidada en todos sus detalles; la fotografía maravillosa, el vestuario y la ambientación impecables y los diálogos buenísimos. La escena del partído de criquet con su posterior fiesta es para pasar a la antología del cine de época, una auténtica hermosura. Y las interpretaciones de la etérea Julie Christie, de ese enorrrme Sir Alan Bates, qué ojos, qué presencia, qué apostura, diossss, qué hombre.... Por no hablar de la grandísima Margaret Leighton, que fue muy justamente nominada al Oscar por este papel. Sólo chirría un poco la música de Michel Legrand, que más parece ideada para un spaguetti Western que para un drama clásico. En general, muy recomendable.
lunes, 19 de septiembre de 2011
Como los demás, by Vincent Garenq
Ayer fue un gran día para el deporte español: victoria en semifinales de la Copa Davis contra Francia, victoria en la final del Eurobasket contra Francia, y en motos también un montón de victorias, no sé si habrá algún francés al que en ese deporte le hayamos jodido también el día. En definitiva, pocos franceses en la mañana de hoy querrán saber nada de ese país que tienen debajo llamado España.
Por la noche, después de tan satisfactoria jornada deportiva, me puse a ver esta película, qué casualidad, también francesa. Y viéndola me di cuenta de que la mayor goleada se la metimos a Francia en el terreno social con nuestra ley de matrimonio homosexual. Francia, el adalid de la modernidad, de la vanguardia del pensamiento y de las conquistas sociales en este aspecto se nos queda a la altura de la alpargata. De hecho incluso un personaje de la peli lo dice: hasta en la retrógrada España ya los gays pueden casarse y tener hijos. Pues sí, en eso también os hemos adelantado por la izquierda y sin intermitente, queridos franchutes. Vergüenza os tendría que dar.
La historia es una apuesta clara a favor de la paternidad de parejas homosexuales. Sobre esto se pueden tener variedad de opiniones; la mía personal también es favorable, exactamente por las mismas razones que se esgrimen en la película. Eso sí, planteado todo con un exquisito gusto, muy francés, todo glamour. Yo es que, contrariamente a lo que pueda parecer por el párrafo anterior, soy muy franchuta. A mí de los galos me gusta todo: su cocina, su forma de vestir, de moverse, de vivir, sus casas, sus vinos, sus peinados... Me gusta hasta verlos perder en las competiciones deportivas, jejeje. A los amantes, como yo misma, del cine francés y de su habitual estilazo ético y estético esta historia les va a encantar. El guión también es ágil, divertido, bien resuelto, con sus momentos tiernos y dramáticos... y la realización impecable. En fin, pocas pegas se le pueden poner. Os recomiendo que la veáis y la disfrutéis, y de paso meditéis sobre el asunto.
Por la noche, después de tan satisfactoria jornada deportiva, me puse a ver esta película, qué casualidad, también francesa. Y viéndola me di cuenta de que la mayor goleada se la metimos a Francia en el terreno social con nuestra ley de matrimonio homosexual. Francia, el adalid de la modernidad, de la vanguardia del pensamiento y de las conquistas sociales en este aspecto se nos queda a la altura de la alpargata. De hecho incluso un personaje de la peli lo dice: hasta en la retrógrada España ya los gays pueden casarse y tener hijos. Pues sí, en eso también os hemos adelantado por la izquierda y sin intermitente, queridos franchutes. Vergüenza os tendría que dar.
La historia es una apuesta clara a favor de la paternidad de parejas homosexuales. Sobre esto se pueden tener variedad de opiniones; la mía personal también es favorable, exactamente por las mismas razones que se esgrimen en la película. Eso sí, planteado todo con un exquisito gusto, muy francés, todo glamour. Yo es que, contrariamente a lo que pueda parecer por el párrafo anterior, soy muy franchuta. A mí de los galos me gusta todo: su cocina, su forma de vestir, de moverse, de vivir, sus casas, sus vinos, sus peinados... Me gusta hasta verlos perder en las competiciones deportivas, jejeje. A los amantes, como yo misma, del cine francés y de su habitual estilazo ético y estético esta historia les va a encantar. El guión también es ágil, divertido, bien resuelto, con sus momentos tiernos y dramáticos... y la realización impecable. En fin, pocas pegas se le pueden poner. Os recomiendo que la veáis y la disfrutéis, y de paso meditéis sobre el asunto.
viernes, 16 de septiembre de 2011
De dioses y hombres, by Xavier Beauvois
Hummmm, una peli de monjes. No sé, no sé. Leo además una crítica por ahí que me mosquea aún más: "Advierto que sin la debida sensibilidad hacia esta maravillosa opción de vida, los detalles litúrgicos, de oración y de trabajo en comunidad, pueden parecer lentos, innecesarios y excesivos". Pues yo la debida sensibilidad ésa, sinceramente, creo que no la tengo. Me voy a aburrir como una ostra fijo. Pero qué coño, venga, vamos allá. Desde cuándo nos echamos para atrás por tan poca cosa?
Una cosa me quedó claro: no tengo espíritu de monje, no he nacido yo para eso. Pero no es sólo que no haya nacido para la vida contemplativa sino que tampoco he nacido para contemplar la vida contemplativa. Vamos, que tal como me temía, carezco por completo de la debida sensibilidad hacia esa maravillosa opción de vida.
La película es pesada a más no poder. Que sí, que le dieron el gran premio del jurado en Cannes, y no sé cuántos Césares, y miles de nominaciones a otros miles de premios más, pero que es pesada como ella sola. Puedo atestiguarlo. También puedo atestiguar que no terminé de verla; dos horas de vida contemplativa son demasiadas para mí; a la hora y media necesité ponerme en acción. Y me levanté y me fui a la cama cantando alegremente aquello de Raphael: "Qué bonito el convento, qué bonito el convento desde la era, que una cosa es por dentro, que una cosa es por dentro y otra es por fuera. Ay arriba y arriba, ay arriba y arriba arriba iré, yo no soy marinero, por ti seré, por ti seré, por ti seré."
Una cosa me quedó claro: no tengo espíritu de monje, no he nacido yo para eso. Pero no es sólo que no haya nacido para la vida contemplativa sino que tampoco he nacido para contemplar la vida contemplativa. Vamos, que tal como me temía, carezco por completo de la debida sensibilidad hacia esa maravillosa opción de vida.
La película es pesada a más no poder. Que sí, que le dieron el gran premio del jurado en Cannes, y no sé cuántos Césares, y miles de nominaciones a otros miles de premios más, pero que es pesada como ella sola. Puedo atestiguarlo. También puedo atestiguar que no terminé de verla; dos horas de vida contemplativa son demasiadas para mí; a la hora y media necesité ponerme en acción. Y me levanté y me fui a la cama cantando alegremente aquello de Raphael: "Qué bonito el convento, qué bonito el convento desde la era, que una cosa es por dentro, que una cosa es por dentro y otra es por fuera. Ay arriba y arriba, ay arriba y arriba arriba iré, yo no soy marinero, por ti seré, por ti seré, por ti seré."
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