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domingo, 10 de febrero de 2013

Drive, by Nicolas Winding Refn

Antes de ver una película siempre me gusta echar un vistazo a las críticas y para ello suelo ordenarlas por voto. Mis favoritas son las que tienen un montón de dieces y un montón de unos, vamos, las que despiertan pasiones de uno u otro lado.

Y normalmente en ese tipo de películas yo, como buena radical antisistema, estoy con los dieces o con los unos, nunca en ese término medio en el que, según dicen los que saben, está la virtud. Y con Drive no podía ser menos. O un 10 o un 1, no caben medias tintas.

Ryan Gosling, para mí el bello Ryan, por sí mismo merece un 10 sin paliativos, simple y llanamente porque es guapo y porque me pone y eso para mí tiene un valor, oye. Pero claro, si durante toda la película abre la boca algo así como dos veces y su actuación se basa en pasearse con una chaqueta bomber superfashion llena de manchas coloradas cual recién salido de la tomatina de Buñol... seamos serios, ahí pierde un montón de puntos.

Y ahora, si eso, hablamos de Carey Mulligan. Que no tengo yo nada contra esta chica, partamos de esa premisa. Pero si Gosling no abre la boca para decir ni mu y ya tenemos un mudito en la peli... a qué viene que ella le haga los coros?

La historia básicamente nos cuenta una pasión silenciosa. Él mira y calla y ella mira, calla y sonríe. Él además de mirar y callar, a ratos mata. Ella erre que erre, mira, calla y sonríe. Hablar, hablan más bien poco, pero hay que ver lo que se miran y se remiran. Follar, tampoco follan, que se vea por lo menos, pero si las miradas follaran estos dos serían pura pornografía.

Y luego matar sí que se mata. Y con poca delicadeza, para ser sinceros. No se mata así de un tiro o una cuchillada certera, plan cruzdenavajas, no. Se mata con inquina, con regodeo, con delectación y sanguinolencia. Se mata a lo feo, a lo Tarantino, a lo visceroide... pos eso, a lo tomatina de Buñol.

En definitiva, que el señor Refn (no confundir con Renfe, porque no tienen nada que ver y además Refn no regala caramelos por ver su película) nos deleita a base de bien con un sandwich mixto de agónicos silencios, enigmáticas sonrisas de significado incierto y kilos y kilos de ketchup, algo de casquería urbana y una mijita de cosmopaletismo, que es el arte de parecer un neoyorkino superguaydemorirse siendo simple y llanamente un pueblerino danés con ínfulas, mondo y lirondo. Vamos, que un uno.