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miércoles, 16 de diciembre de 2015

La ley del deseo, by Pedro Almodóvar

Siempre que me he enamorado ha sido de personas que en un principio me parecieron gilipollas o directamente impresentables. Luego resultó que en realidad ninguna lo era; está claro que mis primeras impresiones valen bastante poco.

Lo que quiero decir es que el amor y el deseo tienen caminos tan o más inescrutables que los del señor. Y en historias que reflejan esos tortuosos caminos Almodóvar es un verdadero maestro. Parece no concebir el amor si no es a través del dolor, la violencia, el miedo o la desesperación.

"La ley del deseo" es buena muestra de este tipo de historias al límite. Y algunos de sus personajes tienen un carisma innegable: la transexual de pasado turbio que interpreta Carmen Maura, maravillosa; Eusebio Poncela, esa mirada, esa presencia...; y hasta el mismísimo Banderas, que no es ni ha sido nunca santo de mi devoción, pese a su juventud e inexperiencia representa su papel de loco enamorado tannnnn bien (creando escuela con ese logradísimo "que estoy muuuuuuu loco").

Y algunas partes del guión son para hacer una antología del amor. Esa carta que Poncela escribe y que empieza tal que así: "Te escribiré la carta que me gustaría recibir de ti, para que la firmes y me la mandes". Hay tanta fuerza en esa frase!!

O la confesión de Carmen Maura en el hospital. Ese momentazo entre los dos hermanos: "No te juzgo, me da igual todo, me alegro de que seas mi hermana".

Y para antología del deseo la escena primera. Ese director dando instrucciones al chico para que se masturbe mientras los dos dobladores hacen como que llegan al orgasmo. Son cosas que de verdad solo se le ocurren a este tío y son un claro ejemplo de que en cuestión de inventiva está muy por encima del común de los mortales, pese a quien pese.

Y sin embargo... no, no es una de las películas de Almodóvar que más me hayan gustado. Pese a que le reconozco esos momentos de genialidad indiscutibles, creo que se le va la mano con el punto trágico un montón, sobre todo al principio.

Y además hay muchos secundarios que no aportan nada y que sin embargo distraen innecesariamente del argumento principal. Esta historia tiene un potencial tan grande per se que todos los aditivos están de más.

Sí, ya sé que Almodóvar es muy de meter a amiguetes a hacer cameos pero es que aquí sobran casi todos.  Y ni siquiera resultan graciosos como otras veces, que cumplen una clara función desdramatizadora. Aquí son insustanciales, incluso un poco irritantes: el médico, la niña (joder, qué jartura de niños artistas), la madre de la niña, la madre de Banderas... Solo haría una excepción: los dos policías, los Guillén padre e hijo, que están fantásticos y son un puntazo. En fin, Almodóvar tiene eso: algunas veces esos cameos son lo mejor de sus películas, y otras veces, como en este caso, suenan a chascarrillo vacuo y estropean ostensiblemente el resultado final.

Y a pesar de que el desenlace de la película es absolutamente genial (uno de los mejores finales del cine), y da todo el sentido al título porque es donde se ve con toda su fuerza la verdadera ley del deseo, que se tire la mitad de la película gilipolleando no se lo perdono. En fin, qué se le va a hacer?

viernes, 17 de julio de 2015

Martín (Hache), by Adolfo Aristarain

La primera vez que vi Martín (Hache) recuerdo que me impresionó un montón. Yo era bastante joven y los diálogos me parecieron un dechado de lucidez, los personajes alucinantes y, por supuesto, todas las interpretaciones magistrales. Desde entonces la he vuelto a ver unos cuantas veces más y a día de hoy lo único que queda de aquella primera impresión es lo de las interpretaciones. Actualmente los diálogos me parecen una chapa impresionante, de un espeso rayano en la viscosidad; y de los personajes sólo puedo decir que si alguna vez me encontrara en la vida con uno solo de ellos e hiciera amago de acercárseme para comentarme sus cuitas creo que me arrojaría por el balcón más cercano en caso de estar en las alturas o me tiraría bajo las ruedas del primer vehículo que pasara, de encontrarme en la calle.

El indolente Martín hijo, el insoportablemente repelente Martín padre, la desquiciada Alicia y el sentencioso Dante constituyen un cuarteto del que huiría hasta el más masoquista de la Tierra. Sinceramente no me explico cómo pude tener aquella primera impresión cuasi alucinógena sobre unos personajes tan vacíos, tan ajenos a la realidad, tan artificiales…

Bueno, sí, supongo que por aquella época intelectualmente yo no daba para más y esa pseudofilosofía de baratillo que destilan las conversaciones entre el cuarteto de la muerte debió de parecerme la hostia de original y de interesante. Unos cuantos años más vividos y unos cuantos cocainómanos más conocidos me han curado de cualquier clase de fascinación por las charletas gilipollescas de la gente pasada de vueltas, y ahora los cuatro éstos sólo me parecen una panda de capullos plastas y aburridos de la vida que hablan y hablan y hablan sólo para escucharse a sí mismos y para darle la chapa al personal. Vamos, como todos los farloperos que he ido conociendo después.

Y Adolfo Aristarain, que en su día me pareció un crack, hoy en día me parece el colmo de lo pretencioso. Y los diálogos de su película una insoportable retahíla de sandeces específicamente diseñadas para impresionar a mentes ávidas de palabrerío vacuo. No puedo discutir, en cambio, que Luppi, Botto, Roth y Poncela están brillantes, que son lo único que realmente merece la pena del film y que son unos auténticos maestros en lo suyo. De hecho, creo que buena parte de la falsa sensación que dan los personajes de ser interesantes lo consiguen ellos con sus gestos, sus miradas y sus caracterizaciones.

Y aunque luego por críticas como ésta me escribe alguna gente para decirme desquiciada, drogadicta y todo tipo de perlas por el estilo, tengo que decir sin ambages que lo demás es pura bazofia.