La protagonista de esta película pretende ser una especie de Ameliè a la británica, pero es evidente que no ha usado las suficientes compresas con alas para parecerse mínimamente a su modelo. Siendo irritante, espeluznante y pelipúntica a más no poder la propia Ameliè, al lado de esta insoportable petarda podría incluso llegar a ser mi mejor amiga.
Lo de esta mujer no tiene nombre. De qué coño se ríe todo el rato? Por qué hace hace tantas muecas? Por qué hasta cuando va a follar tiene que estar soltando chistecillos y gracietas, por cierto, con bastante poca gracia? Y esos saltitos al caminar, por favooooooorrrr, qué criatura más absurda! Y encima se llama Poppy, diossssss! Toíto lo tenía mi María Antonia.
Le dieron un montón de premios a Sally Hawkins por este personaje abominable que haría vomitar a una cabra. Incluso el propio Mike Leigh fue ampliamente alabado en su doble labor de director y guionista. No puedo explicarme por qué. No he visto película más prescindible, menos necesaria y más previsible en toda mi vida.
Lo único medianamente fumable del film es el personaje del profesor de autoescuela, interpretado por Eddie Marsan, que claramente está ahí con su mal humor, su aire de Pitufo Gruñón y sus comentarios cascarrabias para hacer contraste y realzar la supuesta positividad de la encantadora, optimista y felicísima Poppy.
Yo soy profesora de autoescuela y a mí me toca una alumna tan cargante, omnirisueña y megaflower como la Poppy esta y me liaría a poppazos con ella hasta conseguir que se bajara de mi coche y no se le ocurriera volver a subir en la vida. Solo pensar en conducir con una tía así en el asiento de al lado le dan a una ganas de estrellarse y terminar para siempre. Esto no es un cuento sobre la felicidad, señores; es una pura, dura y auténtica pesadilla.