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miércoles, 11 de diciembre de 2024

Mar de plástico (Serie), by Norberto López Amado

Hacía mucho tiempo que no veía una serie tan horrorosamente mala. Mala desde todos los puntos de vista que se puedan comentar. Guiones demenciales, interpretaciones horripilantes, personajes absolutamente esperpénticos, topicazos al por mayor, diálogos para echarse a llorar o a reír o todo a la vez. De verdad, es que no se salva nada.

Un pueblo de Almería en el que hay más colectivos étnicos que en Nueva York: el colectivo calé, el colectivo magrebí, el colectivo subsahariano, el colectivo ruso, el colectivo serbio, el colectivo rumano, el colectivo choni, el colectivo nazi, el colectivo autóctono (probablemente el menos nutrido)... en fin, un crisol de culturas que ríete tú de la fauna neoyorkina.

De las interpretaciones para qué vamos a hablar. Es difícil escoger la peor, pero por mencionar alguna que se salga del parchís pongamos la de Jesús Castro, un tipo guapérrimo donde los haya, pedazo ojos, pedazo mirada. Y ya está, no pidas más. Mucho poner morros, mucho mirar fijamente y mucho pegar puñetazos. En todas las escenas, en todas igual, como un deja vù permanente.

Y de Rodolfo Sancho qué decir. Digno hijo de su padre. Un Curro Jiménez 3.0, corregido y actualizado. El vengador, el justiciero, el incorruptible. Con su faz inmutable, su andar varonil, su aroma de hombre de verdad. Y claro, tal que le pasaba al padre, que allá donde va la tensión sexual se dispara y se disparata. Con quién? Pues con todas, para qué nos vamos a complicar. Con la viuda del amigo, con su compañera guardia civil, con la rusa... en definitiva, con toda hembra situada en 25 kilómetros a la redonda. Ese macho es muy macho, le sale la masculinidad por la pantalla, es normal que a las señoras les haga palmas el sisilisco, pero la verdad es que se han pasao siete pueblos. 

Luego están las subtramas amorosas, familiares y vecinales, que ocupan el 95% de cada capítulo. Porque en realidad el crimen con el que empieza la serie es una mera excusa para que nos traguemos horas y horas de argumentos laterales: el lío de Rodolfo con la viuda del amigo, el lío de Jesús Castro con la negrita, el lío con la amiga choninazi, los enredos de la rusa, el rollo de la guardia civil gitana con su familia, la trama serbia... De verdad, pereza máxima. 

Por cierto, hablando de la familia gitana, de verdad hacía falta sacarlos todo el tiempo cantando, bailando y tocando las palmas? Y a la madre de la guardia civil gipsy haciendo canastos, por favoooooor, rollo gitana canastera. Y al patriarca con el sombrerito. Y la casa llena de sillas de enea, de rejas y de vírgenes. Han tirado de todos los tópicos habidos y por haber, es que no les ha faltado ni uno.

Es muy probable que te olvides constantemente del hilo central porque como mucho lo retoman en los cinco minutos finales de cada capítulo, que es que ya ni te acuerdas de lo que estabas viendo. Es obligado revisar todo el tiempo el resumen de los capítulos anteriores porque es imposible acordarse de todos los líos que te cuelan por medio.

Y si te parece que la primera temporada es enreosa y no hay por dónde pillarla ya ni te cuento si le echas ovarios y sigues viéndola, porque el embrollo inicial se queda en un juego de niños al lado de lo que está por venir. Y las fiestas de los gitanos son un no parar. Y aquí ya se hace ojitos todo el mundo sin mirar color, sexo, procedencia, religión ni estatus. Un follón de padre y muy señor mío. 

En definitiva, te pierdes entre subtramas y tantos líos de camas. Por mi parte le echo la cruz a Norberto López Amado, principal responsable del engendro y paso de ver ninguna cosa más que lleve la firma de este señor. Con esto he tenido bastante.

miércoles, 8 de abril de 2015

El Niño, by Daniel Monzón

Como ya pudo verse claramente en “Celda 211”, Daniel Monzón es un gran aficionado al cine americano y está firmemente dispuesto a hacer cine americano aquí en España. Bueno, me parece bien, eso tiene su público y además es mucho. Hay gente que sólo ve ese tipo de cine y está bien que la industria española haga productos que satisfagan a ese tipo de público. Pero las cosas como son, es lo que es, una mera imitación de un cine ya conocido cuyas pautas son sencillas y simples.

Por ejemplo, a mi hijo de 16 años la peli le encantó. “Mamá, a ésta le vas a poner un diez, no?”, me preguntó. Pues no, no le voy a poner un 10; le voy a poner un 1 mondo y lirondo, que es exactamente lo que le pondría si la firmara un señor con nombre anglosajón nacido en Nebraska. Como puntuaría a cualquier otra película que se basara en mucha acción, mucha persecución y mucho ruido.

Que quede claro que pienso que el cine comercial está bien, que crea industria y afianza público y que no tengo nada contra él. Y tampoco discuto a los que me digan que lo comercial no está reñido con la calidad. Estoy totalmente de acuerdo, pero no es éste el caso. Ésta es una película mala pero comercial, y lo tengo que decir. Como en su día lo fue “Celda 211” y como parece que ha decidido Monzón que quiere que sea su cine.

Lo que pasa es que aquí estamos tan poco acostumbrados a hacer películas que funcionen en taquilla que en cuanto aparece una nos inflamos a alabarla y a echarle flores como si fuera lo más de lo más. Es lo que ocurrió con la susodicha “Celda 211” y lo que ahora ha ocurrido con “Ocho apellidos vascos” o con “El Niño”. Es un tipo de cine que está hecho para un determinado público no demasiado exigente que lo que busca es entretenimiento puro y duro sin plantearse nada más y que considera que calidad es que en una persecución haya muchos coches, muchos derrapes y muchas vueltas de campana con profusión de fuegos artificiales y espectáculo.

Como no pertenezco a ese tipo de público a mí ésta no me parece una buena película, aunque reconozco el esfuerzo de Monzón por hacer algo digno. Por ejemplo, ha conseguido reunir a un reparto muy atractivo: Luis Tosar magnífico, como siempre, a ese tío le des el papel que le des te hace un trabajazo; Bárbara Lennie y Eduard Fernández también cumplen bastante bien, a pesar del personaje inane y tontorrón que le ha tocado a ella; por el contrario Sergi López en su acostumbrada tónica átona, valga la paradoja, que no sé qué clase de cosa le corre a ese hombre por las venas, pero desde luego sangre no es.

Bueno, y por último tenemos la guinda del pastel, el gran hallazgo: el niño guapo, Jesús Castro, ese pedazo de macho rompebragas que cuando está callado y se limita a mirar con esos ojazos que sus papis le han regalado es una especie de Paul Newman en ciernes, capaz de hacer bizquear a cualquier hembra heterosexual o varón homo que se le ponga a tiro, pero que en cuanto abre la boca podría hacer llorar ríos de lágrimas en la misma proporción que antes hizo babear.

En definitiva, cine que vende, que gusta a las masas, que entretiene y que hace industria y da trabajo a la gente, pero cine completamente insustancial y fácilmente olvidable.