jueves, 17 de marzo de 2011

Las cenizas de Ángela, by Alan Parker

Hace un año, durante un viaje a Irlanda, pasé muy cerca de Limerick y pensé en parar a ver la ciudad, pero rápidamente desistí. Probablemente sea una ciudad moderna, más o menos parecida a todas las ciudades importantes modernas del mundo occidental, pero yo tengo mi propio Limerick, el que un día me enseñó Frank MacCourt en su maravilloso libro, muy muy parecido al que luego vi en esta adaptación cinematográfica de Alan Parker. Ya tiene que estar bien escrita una novela para que la visión de un director de cine de lo que en ella se cuenta coincida casi al cien por cien con la que tienes tú.

Limerick es la ciudad eternamente mojada, donde el agua cala los huesos de la gente y el frío corta la respiración. Es una ciudad oscura, con su cielo siempre encapotado, salvo cuando se abre para ver eclipses de luna. Es una ciudad de pobres, miserables y borrachos, y de niños que se mueren en los brazos de sus madres por no tener para comer ni para calentarse, y otros que casi se quedan ciegos trabajando con carbón. Es una ciudad dominada por curas y beatos, por el temor de dios y por el sentimiento de culpa, la ciudad en la que vomitar después de haber comulgado significa que dios está en tu jardín y que tendrás que limpiar el vómito con agua bendita. Es la ciudad de la que todo el mundo querría escapar y a la que nadie querría nunca volver, es una ciudad de pesadilla. Ésa es mi Limerick y no quiero otra.

En la película sólo falta una cosa que sí está en el libro: el sentido del humor de Frank. Todos esos terribles episodios de su infancia en Limerick están narrados en la novela con un increible tono cómico que es sustituído por un profundo dramatismo en la versión cinematográfica. Se intenta pero no se puede; las imágenes son demasiado tremendas y el puñetazo en el estómago que te dan no deja lugar al humor. Quizás los que no hayan leído el libro sea lo único que se pierdan de Frank, y no es poco

No hay comentarios:

Publicar un comentario