Los años no pasan en balde. No han perdonado a Pfeiffer ni tampoco a Frears. Ni ella tiene la cara de hace 20 años, cuando rodó "Las amistades peligrosas" ni por lo visto él conserva su talento. Al menos en esta película deja mucho que desear.
Los dos primeros puntos son por Pfeiffer, que sigue llenado la pantalla majestuosamente a pesar de los años y las arrugas, y para Bates, que está sencillamente magistral en su papel de vieja bruja. El tercer punto por el vestuario de Michelle, del que me enamoré locamente desde el primer vestido hasta el camisón de la última escena. Lo demás de pura pena.
En una historia de amor la química entre los protagonistas es esencial; si eso no funciona no funciona nada. Y con ese actor, Rupert Friend, la química no puede existir de ninguna manera. Todo el carisma que le sobra a Pfeiffer le falta a él; es completamente anodino, ni su cara dice nada ni sus gestos ni su forma de actuar. A partir de ahí todo lo demás falla, porque ni la historia es creíble, ni conmueve ni consigue interesar. Quien haya elegido a ese actor para ese papel se ha cubierto de gloria. Se habrá quedado descansando
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