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jueves, 24 de julio de 2014

The Majestic, by Frank Darabont

Ésta es la historia de un tipo que pierde la memoria y va a parar accidentalmente a un pueblito maravilloso, lleno de luz y color y gente maja, salvo un gañán con un brazo amputado, que es el único malasombra del lugar, pero que prácticamente ni se nota que está porque el chaval no da un ruido.

De forma inexplicable el desmemoriado caballero es tomado por el hijo de uno de los vecinos del pueblo. Y digo inexplicablemente porque el muchacho supuestamente dejó el pueblo diez años antes para irse a la guerra, pero aparte del padre, ninguno de los vecinos consigue reconocerlo, ni su propia novia, que ya es andar despistadillos.

Nuestro amigo el amnésico sufre porque no se acuerda de nada de su vida, en lugar de disfrutar de ese lugar paradisíaco en el que todo el mundo le adora y le organizan homenajes y fiestas fantásticos y hay hasta una rubia monísima de ojos azules que se muestra más que dispuesta a retozar con él. Bueno, y unas playitas supercuquis, porque encima el pueblito está en la costa, una costa no invadida aún por la especulación inmobiliaria, una costa virgen… en definitiva, la hostia.

La verdad es que se me escapan las razones por las que nadie querría volver a un oscuro pasado del que no tiene la menor idea y que puede estar lleno de sombras, cuando tiene la posibilidad de iniciar una nueva vida llena de paz y amor que tiene pintas de ser más que satisfactoria y fructífera. Pero en fin, la gente es así de rara y de desagradecida.

La peli podría haber estado pasable, incluso con el exceso de glucosa que arrastra, que no es moco de pavo, si no fuera porque ya al final el protagonista se deja caer con un discurso patético en el que hace gala de un exultante patrioterismo made in Yankiland que haría vomitar hasta a las cabras. Y de paso, ya puesto, nos lee casi toda la Constitución de los USA, que de tantos discursitos de éstos como llevo tragados me la conozco mucho mejor que la española. Lo que es la primera y la quinta enmiendas, vamos, como la palma de mi mano.

En fin, lo único que hay que agradecerle a Frank Darabont es que nos haya dado la posibilidad de ver a un Jim Carrey que por una vez deja su colección de muecas y tics en casita y consigue parecer una persona normal. Todo un detallazo, pero que no compensa las casi dos horas y media de insalubre atracón de pastel sólo apto para estómagos muy resistentes.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Cadena perpetua, by Frank Darabont

Vaya por delante que “Cadena perpetua” es una de mis pelis favoritas de tema carcelario. Y de no carcelario también; vamos, que es una de mis pelis favoritas en general.

Y vaya por delante también que no soy demasiado amiga de hacer críticas de pelis multitudinarias de culto, porque de ellas ya se ha dicho todo mil veces y cualquier cosa que se pueda comentar resulta repetitiva y cansina. En todo caso, si hago una crítica de estas películas es para señalar los peros que puedan tener, que todas los tienen y algunas muchísimos.

Es el caso de “Cadena perpetua”, que ya lo he confesado, a mí me encanta, pero no puedo aceptar la inmensa cantidad de críticas que leo sobre ella en las que prácticamente se obvian todos sus defectos y se beatifica a su director y sus protagonistas hasta límites incluso vomitivos.

No, miren, bajemos un poco de la nube y situémonos en un plano crítico real. Lo cierto es que Frank Darabont hace muchísimas trampas y se pone en plan bastante maniqueo. Viendo su historia da la sensación de que todos los condenados a cadena perpetua son una especie de angelitos que no han roto un plato, o que aunque hayan roto tropecientosmil son tan buenísimas personas que hay que perdonárselo todo, mientras que los responsables de las cárceles en su mayoría no sólo son malos de malignidad, sino encima tontos de solemnidad. Véase si no el caso del director de la cárcel, que no puede ser ni más farfullero ni más gilipollas, como se comprueba al final.

Por lo demás, Tim Robbins y Morgan Freeman están adorables y comestibles como nunca y sus personajes son carismáticos y atractivos a más no poder. Y el espectador se enamora tanto de ellos (yo la primera) que quiere creer todo lo que los pueda salvar y hace un esfuerzo mental tremendo para poder creerlo.

Porque a poco que se sustrajera un poco de la magia que desprenden y se situara en el mundo real nada de lo que pasa en la película es posible y en cambio todo es bastante rocambolesco.

Sí, es muy bonito y es lo que queremos que pase, pero es pura autosugestión. Y es pura trampa. Y además lo sabemos, y nos da igual. Pero bueno, siempre tiene que haber algún hijodeputa que lo diga y joda el truco, no? Y como diría la Pantoja, yo soy ésa.