Me estreno en las series basadas en novelas de Coben Harlan, que por lo visto tiene contrato de colaboración con Netflix y hace productos de estos como churros, algunos de ellos dirigidos por Brad Anderson.
La verdad es que se deja ver y entretiene, que es su función principal, pero tampoco es algo inolvidable. Yo diría que mañana es probable que ya ni me acuerde del señor este que está en la cárcel por haber matado a su hijo y de pronto descubre que el niño está vivo.
El niño en cuestión tiene en la cara la típica mancha de nacimiento inconfundible que hace que lo distingas a la legua. Y el guion tiene los típicos giros argumentales que hacen que lo distingas a la legua como marca Netflix y por lo visto también como marca Harlan.
Lo que pasa es que cuando ya has visto algunas series de este estilo te los esperas y es muy difícil que te puedan sorprender con algo. Son tan rocambolescos, tan poco verosímiles que ya desde el comienzo le estás echando el ojo al sospechoso que luego resulta ser el malo. Vamos, que si eres algo espabilao te ves venir el tinglao. Y así las series de misterio pierden mucho encanto, la verdad.
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