De los creadores de "Camera café" ahora llega "Poquita fe". Pero lo que funcionaba como una máquina perfectamente engrasada en el primero aquí se estrella estrepitosamente contra el muro de la insolvencia. Lo que era válido en una oficina en la que el humor absurdo era fiel reflejo de una realidad que a menudo supera cualquier ficción no cuela en la vida de esta pareja completamente anodina, gris y aburrida.
El problema principal de la serie es que los protagonistas no tienen tirón, y los únicos gags que tienen gracia van referidos al resto de personajes. Para mí sin duda los más conseguidos son la hermana, los compañeros seguratas y el vecino. Sus apariciones son con diferencia las más divertidas, pero todo lo que se refiere al matrimonio protagonista es cansino, repetitivo y soporífero.
Montero y Maidagán estaban en estado de gracia cuando crearon aquellos prototipos de curritos que nos encandilaron con sus charlas surrealistas ante la máquina de café. Sin embargo en esta ocasión ni funcionan individualmente ni en grupo. La variedad de escenarios tampoco ayuda. Y Esperanza Pedreño no cuela en este rol que por un lado pretende imitar la ingenuidad de Maricarmen pero por el otro no consigue captar en ningún momento la simpatía que despertaba aquel personaje lleno de autenticidad. Probablemente porque tanto los diálogos entre el matrimonio como los monólogos de cada uno de ellos son tan insoportablemente aburridos que es imposible congraciarse con ellos.
Son personajes sin alma, sin sangre y sin el menor carisma. Y dan muchas ganas de hostiarlos todo el tiempo, porque caen como el culo y encima no cumplen con su función esencial de hacer reír. Es que ni siquiera resultan patéticos, son sencillamente insustanciales.
Así que no, no me convence esta fe, me quedo con el café.