Cómo cansa ya este hombre, qué pereza. De verdad, lo prometo, que nunca he ido de putas. Pero de todo lo que he oído, visto y sospechado sobre el tema, absolutamente nada se parece mínimamente a estas dos señoritas que Aranoa nos presenta en esta historia sólo concebible desde la mente de alguien que no tenga ni puta idea (valga la redundancia) del tema puteril. Y ya no es que Aranoa nunca haya ido de putas, como yo por ejemplo; es que probablemente nunca haya conocido a nadie que sí haya ido y se lo haya contado. Es más, es que ni siquiera ha debido de ver un capítulo de callejeros sobre putas.
He leído varias críticas anteriores y observo algo estupefacta que a algunos les indigna bastante la visión un tanto idílica que tiene este hombre de las muchachas éstas. A mí me pasa justo al revés, que no entiendo cómo coño puede pensar que las putas tienen que ver con esos seres sumamente gilipollas que muestra en su película, que parecen la barbi filósofa y mientras metafisiquean sobre el mundo se levantan las tetas por debajo del sujetador y sueñan con el ansiado día en el que las tengan algo más gordas para ampliar su clientela. Pordiosss, Aranoa, tío, sal a la calle, coño.
Por cierto, a mí la escena del móvil también me fascinó. Un puntazo eso de ser puta, que tus clientes contacten contigo por teléfono, y no apagar el móvil mientras comes con tu familia. Este tío de putas sabrá poco, pero de recursos básicos de convivencia en familia sabe todavía menos.
Sinceramente, no me explico cómo Candela Peña pudo soltar algunos diálogos sin descojonarse
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