El encanto que puede tener un vídeo de aficionado tomado durante una catástrofe o un accidente no es porque el vídeo mole mucho; es porque puede que sea el único documento gráfico que quede del hecho en sí. O que, aunque haya otros (caso de las Torres Gemelas, por ejemplo) en el vídeo doméstico se palpa el terror de la persona que lo está tomando y de las que le rodean, la incredulidad, el pasmo, la perplejidad, la histeria colectiva… Por eso son documentos muy valorados cuando están dando fe de una desgracia real, porque dan una sensación de inmediatez y de cercanía que es imposible conseguir de otra forma.
Lo que ya no me entra en la cabeza es por qué hay directores, como el Matt Reeves este, que quieren llevar ese mecanismo al cine para representar algo así como si los hechos que narra los estuviera grabando un aficionado con una cámara de móvil monda y lironda. Venga, vamos a introducir una novedad en lo que es de toda la vida una peli de terror, de catástrofes, de monstruos. Y cómo lo conseguiremos? Pues haciendo que la cámara ruede, que tiemble, que te de un mareo de la hostia mirándola y que no te enteres de nada. Y así va el hombre y coloca a un muchacho que supuestamente está grabando una fiestuqui en Manhattan cuando de repente se empiezan a caer edificios alrededor, a producirse explosiones raras y a aparecer arañas gigantes por todas partes, y una cosa al fondo que no se sabe muy bien lo que es.
Y qué es lo que ve el sufrido espectador al que los listillos estos le cuelan todo tipo de desfases? Pues no ve nada, salvo mucho meneo, mucho grito, mucho “Oh, my God”, que es lo que dicen los yankis cuando se asustan un montón, mucho caos y mucho tembleque de cámara. Y nada más. Pero claro, esto, que cuando se trata de un hecho real y escalofriante, tiene un sentido, una utilidad, un interés documental... en una peli lo que tiene es un par de narices. Afortunadamente es corta, poco más de una hora, pero vamos, se hace interminable. Qué hartura de movimientos convulsos, qué baile de san vito más sinsentido, qué dolor de cabeza.
No me pillan ni una más en otro renuncio de estos. Mira, en su día la bruja de Blair tuvo su gracia, era original, era diferente, tenía ese punto novedoso que esto YA NO TIENE. Incluso, si me apuras, el primer REC consigue impresionar y puede molar (de las secuelas prefiero no opinar), pero… ESTO QUÉ COÑO ESSSSS?
Desde luego cine no. Para hacer cine hay que saber hacer algo más que ponerle una cámara en las manos a un amiguete y decirle “tú corre, chilla mucho, di muchos pegos, cáete mil veces, sube y baja escaleras, jadea como si te fuera a dar un infarto, haz con la cámara lo que te salga de las pelotas y luego me pasas lo que hayas hecho; yo edito, corto, pego, intercalo unas cuantas imágenes digitales de un monstruo superfeo y ya tengo una peli que va a a pegar el pelotazo”. No, hijo, no. Eso no es cine; eso es una tomadura de pelo y una MIERDA como la copa un pino. He dicho.
Lo que ya no me entra en la cabeza es por qué hay directores, como el Matt Reeves este, que quieren llevar ese mecanismo al cine para representar algo así como si los hechos que narra los estuviera grabando un aficionado con una cámara de móvil monda y lironda. Venga, vamos a introducir una novedad en lo que es de toda la vida una peli de terror, de catástrofes, de monstruos. Y cómo lo conseguiremos? Pues haciendo que la cámara ruede, que tiemble, que te de un mareo de la hostia mirándola y que no te enteres de nada. Y así va el hombre y coloca a un muchacho que supuestamente está grabando una fiestuqui en Manhattan cuando de repente se empiezan a caer edificios alrededor, a producirse explosiones raras y a aparecer arañas gigantes por todas partes, y una cosa al fondo que no se sabe muy bien lo que es.
Y qué es lo que ve el sufrido espectador al que los listillos estos le cuelan todo tipo de desfases? Pues no ve nada, salvo mucho meneo, mucho grito, mucho “Oh, my God”, que es lo que dicen los yankis cuando se asustan un montón, mucho caos y mucho tembleque de cámara. Y nada más. Pero claro, esto, que cuando se trata de un hecho real y escalofriante, tiene un sentido, una utilidad, un interés documental... en una peli lo que tiene es un par de narices. Afortunadamente es corta, poco más de una hora, pero vamos, se hace interminable. Qué hartura de movimientos convulsos, qué baile de san vito más sinsentido, qué dolor de cabeza.
No me pillan ni una más en otro renuncio de estos. Mira, en su día la bruja de Blair tuvo su gracia, era original, era diferente, tenía ese punto novedoso que esto YA NO TIENE. Incluso, si me apuras, el primer REC consigue impresionar y puede molar (de las secuelas prefiero no opinar), pero… ESTO QUÉ COÑO ESSSSS?
Desde luego cine no. Para hacer cine hay que saber hacer algo más que ponerle una cámara en las manos a un amiguete y decirle “tú corre, chilla mucho, di muchos pegos, cáete mil veces, sube y baja escaleras, jadea como si te fuera a dar un infarto, haz con la cámara lo que te salga de las pelotas y luego me pasas lo que hayas hecho; yo edito, corto, pego, intercalo unas cuantas imágenes digitales de un monstruo superfeo y ya tengo una peli que va a a pegar el pelotazo”. No, hijo, no. Eso no es cine; eso es una tomadura de pelo y una MIERDA como la copa un pino. He dicho.