Considerada por los "sabios" una de las tres mejores películas de la historia del cine, sinceramente no me lo puedo explicar. Y eso que hasta ahora todo lo que había visto de este director me había gustado muchísimo, pero en honor a la verdad ésta me parece la peor de sus películas con diferencia.
Pesada hasta decir basta, la lentitud extrema del cine nipón llega aquí a sus más exasperantes cotas. Por no hablar de la duración, madre mía, 140 minutos! Claro, le da tiempo a repetirse y a repetir los conceptos hasta la saciedad.
Aquí el concepto base es el siguiente: los hijos son egoístas y no devuelven a los padres todo lo que éstos han hecho por ellos. Yo es que de esta premisa me bajo pero ya. Y mucho más si lo que haces para demostrarme tu tesis es enfrentar a tus ocupadísimos hijos con una nuera viuda eternamente sonriente que se dedica en cuerpo y alma a sus queridos suegros: reconfortantes masajes de espalda, regalitos espontáneos, días libres en el trabajo para acompañar de paseo a los abuelos, plena disponibilidad, plena amabilidad... Mary Poppins en nuera, vamos.
El contrapunto son los hijos, que reciben a sus ancianos padres unos cuantos días en Tokio y que realmente no saben qué hacer para compaginar sus trabajos y demás obligaciones con la visita. Y el colmo de la maldad es que como no pueden dedicarles más tiempo les regalan unas vacaciones en un balneario con todos los gastos pagados. Qué hijos más horrorosos, virgensanta! Son para mandarlos por lo menos a "Hermano Mayor".
Vale; los hijos no son tan idealesdelamuerrrrrte como la nuera Mary Poppins (a la que, por cierto, a ratos dan ganas de soltarle un par de hostias para que deje de sonreir estúpidamente) pero no paran de hacerles reverencias a los padres, les reciben con agrado, intentan ocuparse de ellos todo el tiempo que pueden, se preocupan por si se aburren o lo pasan bien, les preguntan constantemente qué quieren hacer y qué no... aunque por supuesto con la dulce y eficiente Mary Poppins es imposible competir.
Me parece una película cantidad de injusta y el mensaje sí que no puede ser más egoísta. Por lo visto Ozu rodó esta historia rondando los 50 años, que en sus tiempos era casi como ahora los 80, y al parecer lo que quería era que sus hijos fueran como la nuera perfecta que retrata en la cinta. En plan indirecta, vamos.
No sé muy bien si pretendía hacerles un reproche, darles un aviso, o una muestra de lo que esperaba de ellos poniendo en el personaje de Miss Poppins todas sus esperanzas de futuro. En cualquier caso me parece sinceramente asqueroso.
Y lo peor es que parece que el intento coló y los gafapastas japofílicos de medio mundo están convencidos de que los hijos japoneses son unos auténticos cabrones mientras que las nueras viudas son unos angelitos. Igual hasta el tipo estaba secretamente enamorado de alguna nuera, vete tú a saber estos directores las perversiones que se gastan.
En fin, la verdad es que una vez que te has familiarizado con el cine de Ozu, con su peculiar mezcla estética entre lo oriental y lo occidental, con sus obsesiones (la guerra, la familia, las diferencias generacionales, el alcohol,...), con lo más llamativo de la cultura japonesa, con la nula expresividad de sus actores, con sus diálogos monocordes..., una vez que todo eso ya te suena y no te llama la atención, si te metes un chute de 140 minutos puede ser letal. De hecho para mí lo ha sido, aunque los incombustibles fans de este señor me quieran asesinar.
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sábado, 4 de mayo de 2013
miércoles, 17 de abril de 2013
Buenos días, by Yasujiro Ozu
Me estoy ajaponesando a pasos de gigante; en una semana llevo dos pelis niponas! Quién me iba a decir a mí que a estas alturas de mi vida cinéfila me iba a dar por este vicio!
Para mí hay una palabra que define perfectamente el cine de Ozu: sencillez. Eso es lo que a mí más me gusta de él. Sus películas no tienen apenas acción; son meros testimonios costumbristas, estampas de la sociedad nipona. Gente que habla, que ríe, que come, que se levanta y que se acuesta. Y alguno dirá: y para eso voy yo al cine? Vaya rollo! Pues mira, no resulta rollo porque encima el tío tiene un gran sentido del humor y al mismo tiempo que te vas enterando de los entresijos de la sociedad japonesa, te ríes.
En este caso Ozu se centra en la vida de una comunidad, una especie de “La que se avecina” pero a la nipona. Con su radiopatio, sus chismecillos, sus intrigas, sus dimes y diretes, sus pequeñas tragedias diarias y el complejo entramado social que todo ello implica. Y entre todas esas historietas domésticas, dos niños que deciden hacer una huelga de palabras porque su padre les dice que hablan demasiado.
Y ése es precisamente el contraste, por un lado el constante blablabla vacuo de los vecinos y por el otro el silencio cómplice de los dos hermanos, que dicho sea de paso, son dos niños comestibles, ñam ñam ñam, sobre todo el peque. Y mira que yo tengo fobia a los niños actores, que me dan un repelús de morirme, pero es que estos críos son otro mundo. Vamos, que dan hasta ganas de adoptarlos, aunque a estas alturas ya deben de andar por los 90 años o por ahí.
En definitiva, una película amable, divertida, sin pretensiones, libre de artificios, pero también cuidada y estilosa. Un pequeño gran descubrimiento que recomiendo a todos los que buscan en el cine una forma amena de adentrarse en otros mundos que, después de todo, no son tan diferentes al nuestro.
Para mí hay una palabra que define perfectamente el cine de Ozu: sencillez. Eso es lo que a mí más me gusta de él. Sus películas no tienen apenas acción; son meros testimonios costumbristas, estampas de la sociedad nipona. Gente que habla, que ríe, que come, que se levanta y que se acuesta. Y alguno dirá: y para eso voy yo al cine? Vaya rollo! Pues mira, no resulta rollo porque encima el tío tiene un gran sentido del humor y al mismo tiempo que te vas enterando de los entresijos de la sociedad japonesa, te ríes.
En este caso Ozu se centra en la vida de una comunidad, una especie de “La que se avecina” pero a la nipona. Con su radiopatio, sus chismecillos, sus intrigas, sus dimes y diretes, sus pequeñas tragedias diarias y el complejo entramado social que todo ello implica. Y entre todas esas historietas domésticas, dos niños que deciden hacer una huelga de palabras porque su padre les dice que hablan demasiado.
Y ése es precisamente el contraste, por un lado el constante blablabla vacuo de los vecinos y por el otro el silencio cómplice de los dos hermanos, que dicho sea de paso, son dos niños comestibles, ñam ñam ñam, sobre todo el peque. Y mira que yo tengo fobia a los niños actores, que me dan un repelús de morirme, pero es que estos críos son otro mundo. Vamos, que dan hasta ganas de adoptarlos, aunque a estas alturas ya deben de andar por los 90 años o por ahí.
En definitiva, una película amable, divertida, sin pretensiones, libre de artificios, pero también cuidada y estilosa. Un pequeño gran descubrimiento que recomiendo a todos los que buscan en el cine una forma amena de adentrarse en otros mundos que, después de todo, no son tan diferentes al nuestro.
miércoles, 10 de abril de 2013
El sabor del sake, by Yasujiro Ozu
Yasujiro Ozu es un famoso director japonés que afortunadamente no se parece en absoluto a sus compatriotas cineastas. Nada que ver con esas interminables películas en blanco y negro llenas de fieros samurais que se pasan la vida mirándose unos a otros como con ojeriza, blandiendo sus espadas, y hablando lo justo para no catalogar la película de muda. Sí, ésas que no las entiende ni la madre que las parió.
No, en las pelis de Ozu la gente habla un montón, constantemente. Eso sí, dicen cosas muy raras pero eso es porque son orientales y los orientales no hablan como nosotros. Se gastan unas bromas superraras y se hacen unas preguntas peregrinas que te cagas, pero bueno, hablan, que es lo importante. Y beben como cosacos. Y de eso justamente va esta historia, que es algo así como una tragicomedia costumbrista sobre alcohólicos que se juntan para practicar su afición favorita, y que no le hacen ascos a nada que tenga la suficiente graduación, ni a la cerveza ni al vino ni al whisky ni al sake. Ellos le pegan a todo por igual, no son delicados. Por cierto, que menudo saque con el sake!
Viendo esta película una se da cuenta de que los japoneses no son tan distintos a nosotros. Aparte de que se sienten y duerman en el suelo (por cierto, qué agilidad tienen los jodíos para sentarse y levantarse aunque estén borrachos como cubas y tengan más años que Matusalén) y de que se quiten los zapatos al entrar a las casas y de que se pasen el día encorvándose para hacer reverencias, costumbres todas ellas que llaman mucho la atención a los occidentales, que en cuanto nos agachamos un centímetro ya estamos hechos polvo con el lumbago, por lo demás los japos se nos parecen un montón.
En qué se nos parecen? Pues por ejemplo en que la evasión etílica les gusta exactamente igual y en que también cuando se han pasado siete pueblos se les pone la lengua de trapo y se caen para los lados, con la ligera ventaja de que como ya están en el suelo las caídas son menos traumáticas y aparatosas. Únicamente cambian de posición pasando de la verticalidad a la horizontalidad pero no se hacen pupa.
La película no es nada del otro mundo, no es una obra maestra ni creo que lo pretenda, pero sí es curiosa. Es bastante ilustrativa sobre el modo de ser y pensar de nuestros simpáticos amigos de ojos rasgados, sobre la vida en las casas, en los bares, en las reuniones de amigos… Y sobre todo, se puede ver sin sujetarse las pestañas con alfileres, lo cual es un detalle importante cuando se habla de cine oriental.
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